Libros

domingo, 2 de agosto de 2009

El Submundo: capítulo 1

Capítulo 1:

Nione entró de golpe a su oscura habitación. Se sacó de un tirón su raído abrigo de cuero y de la misma manera comenzó a quitarse las armas que llevaba encima: tres dagas cayeron en la cómoda; seguida de dos berettas, una con balas de platas y la otra con balas especiales rellenas de luz; una espada siguió el mismo camino y finalmente dos garras retractiles hechas de platas cayeron en la fría superficie.

Estaba de un muy mal humor. Después de haber pasado tres días en los dominios del rey Fae había tenido que partir hacia los bosques de los lupinos en busca del mismo renegado, y a pesar de que había contado con la ayuda de cazadores de Randall, el resultado había sido el mismo que había obtenido en los bosques de Fiona.

Apenas había podido alimentarse y apenas había podido dormir unas cuantas horas, cuando había tenido que partir al tumulto de los cambia formas. Había pasado esta vez cuatro días sin pegar ojo y sin beber una gota de sangre. Su cabeza le daba vuelta por la constante exposición a la luz solar y su cuerpo olía una extraña mezcla del olor dulzón de las hadas y el olor a tierra de los lobos, porque ni siquiera había tenido tiempo de sacarse bien el aroma de los Fae, que era totalmente insoportable para los vampiros, así que llevaba oficialmente siete días con el olor a caramelo sobre su cuerpo.

Gruñó, antes de sacarse de las botas de cuero con hebillas de metal, dos dagas del mismo material que tanto daño hacia a las criaturas mágicas. Las lanzó sobre la cómoda donde cayeron estrepitosamente.

Estaba quitándose los oscuros lentes cuando sintió por primera vez desde que había entrado a su habitación, una presencia extraña. Inmediatamente se puso en guardia agarrando una de las dagas, pero se tranquilizó cuando se encontró con unos familiares ojos dorados desde un rincón de su habitación.

—Pero qué carácter, florecita —habló el macho desde la oscuridad, sin embargo, ella era capaz de verlo perfectamente a pesar de que sus ojos estuvieran cansados.

Ella sonrió a la gran figura, que iba vestido completamente de negro fundiéndose aún más con la carencia de luz.

Era un espécimen magnífico. De casi dos metros de altura y tallado perfectamente. Sus músculos se notaban a pesar de que iba cubierto por un gran abrigo muy parecido al de ella. Su cabello era algo ondulado y de una castaño claro que en el sol destellaba reflejos dorados. Su boca era seductora y siempre iba curvada en una sonrisa de depredador, y sus ojos siempre tenían un brillo de una oscura amenaza. Si cualquier persona se le cruzaba por delante, inmediatamente se sentiría intimidada por la esencia depredadora de él, sin embargo, para Nione aquel individuo era la imagen más cercana que tenía de un hermano o de un mentor.

—Agustín, mierda, me asustaste —le contestó sintiéndose relajada.

Él salió de la penumbra y la miró divertido, mientras caminaba lentamente hacia ella y la abrazaba fraternalmente.

—Esa no era la bienvenida que me esperaba, florecita —le dijo, depositando dos besos, uno en cada mejilla.

Ella sonrió, olvidándose momentáneamente de su insoportable dolor de cabeza, y de su evidente frustración.

—Lo siento, Agus, pero no ha sido una buena semana —le contestó, mientras se sacaba el polerón negro con capucha que siempre solía llevar cuando salía a una misión, quedando sólo con un top igualmente negro.

—Así veo —habló Agustín desde su espalda—. Apestas a campanita y a perro mojado —se burló de ella.

Nione se rió de pronto de muy buen humor.

—Ahora le haces asco a la esencia feérica, después de que es sumamente conocida tu afición sexual por aquellas criaturas —le contestó con burla en la voz.

La aterciopelada risa de él flotó en el aire con magnánima gracia. Lo sintió moverse sigilosamente, característica adquirida con los años, por la habitación. Sintió que se detuvo frente a la cómoda y que comenzó a trajinar su arsenal de armas evaluándolas con ojos de experto.

—Procuro aguantar la respiración cuando me revuelco con una campanita —se burló de ella, dejando de lado sus dagas y admirando sus dos pistolas con sus respectivas cargas—. Sorprendente, cada vez el Delta se supera en cuanto a armas —le dijo, observando con ojo crítico las balas de luz que resguardaba una de las berettas.

Ella lo observó mientras trajinaba en su armario en busca de ropa limpia y meditó sobre la presencia de él en esas instalaciones.

—¿Qué haces por estos lados, Agustín? No es propio de ti dejarte caer por las instalaciones del Delta —le dijo, mientras sacaba una fina camisa azul eléctrico, color característico de los cazadores de aquella sociedad elitista.

El macho siguió observando y revisando su arsenal con una calma que parecía natural, pero ella sabía que estaba en guardia… sí, una guardia que nunca bajaba.

Agustín se giró un poco y la observó de pies a cabeza y no ocultó por ningún momento su característica sonrisa.

—Tal vez la falda de mezclilla combine a la perfección con aquella blusa y logre que el concejo se apiade de ti por no traer al renegado contigo —le soltó de forma burlona—. Aps y las botas negras con tacón lo hará parecer un conjunto bastante sexi —agregó, mientras soltaba una de sus dagas sobre el mueble.

Nione lo observó directamente a sus dorados ojos y le sostuvo la mirada. Por un instante la habitación se quedó sumida en silencio, mientras ellos sostenían una callada lucha de poderes. Ella trataba de descifrar lo que él estaba pensando, mientras Agustín trataba de resguardar sus secretos. El ganador de antemano estaba elegido, pero Nione siempre tenía la esperanza de romper sus barreras.

—Ya, sólo dilo —soltó después de un rato, comenzando a exasperarse.

Agustín comenzó a reírse poco a poco hasta que el cuarto se vio inundado por su seductora carcajada.

—Sólo vine a visitarte —le dijo haciendo un puchero, lo que provocó un extraño efecto en él. Un dios del sexo haciendo puchero era una extraña combinación.

—Y yo soy el príncipe Eric vestido de mujer —le contestó, tirando sobre la cama la falda que él le había dicho que se colocara y la blusa que había elegido—. Si fuera ingenua te creería, pero te conozco demasiado bien para hacerlo. Sé que odias todo lo relacionado con el Delta, Agustín, así que ni siquiera por mí entrarías a sus edificios corriendo el riesgo a que te vieran —argumentó colocándose ante él y analizándolo nuevamente con la mirada aunque sabía que no lograría penetrar en su mente. El macho tenía muchos años más de experiencia que ella y llevaba mucho tiempo más en el negocio como para saber de sobra como ocultar sus pensamientos.

—Bien, lo intenté —reconoció y levantó las manos en señal de rendición—. Pero la verdad es que no mentí cuando dije que quería verte —agregó, dejándose caer nuevamente en la silla en la que había estado sentado antes de que ella apareciera.

—¿Y? —lo instó a continuar.

—Es de dominio común que intentaron matar a Eric, Nio —le dijo y comenzó a jugar con una moneda antigua, moviéndola entre sus dedos. Era una manía que él tenía desde que lo había conocido hace más de cincuenta años atrás, cuando ella había entrado por primera vez al Delta. En ese entonces Agustín ya pertenecía a la elite de cazadores de la sociedad. Se habían hecho amigos rápidamente y después de unos cuantos años él había abandonado al Delta. Aún era un misterio para todos, los motivos que lo habían movida a demitir, incluso para ella que nunca se lo había preguntado esperando a que él confiara en su persona, pero nunca lo había hecho así que simplemente lo había aceptado—. Pensé que el príncipe pagaría lo suficientemente bien si le llevaba al traidor a sus pies —terminó por decir como si hablara del tiempo—. Sabes que soy un caza recompensa, Nione, no debería sorprenderte mis motivos egoístas —agregó al ver su cara de estupor.

Sí, ella lo sabía. Después de que Agustín dejara el Delta se había dedicado a cazar fortuna, fuera de la ley.

—Y quieres mi ayuda para que te proporcione información sobre el caso, ¿verdad? —afirmó más que le preguntó con cierto sentimiento de decepción.

—O no, pequeña, ya tengo aun excelente informante. No te mentí cuando dije que quería verte. Hace mucho que no hablábamos, florcita —le contestó, mientras se levantaba y se acercaba a ella y acariciaba su mejilla con gesto paternal.

—Parecías muy ocupado, Agus, por eso no he ido a visitarte, además sabes que no sería bien visto. Ahora tú actúas fueras de las leyes —le dijo.

—Y es entretenido, deberías unirte —le contestó volviendo a sonreír.

—Sabes que no puedo jugar a dos bandos, Agustín. Pertenezco al Delta, se supone que cazo a los que faltan a las leyes…

Para su sorpresa Agustín chasqueó la lengua en señal de desaprobación y movió las manos en señal de desacuerdo absoluto.

—Bobadas… deja el Delta, Nione. Tú sabes que en mi grupo hay un espacio para ti —agregó.

—¿Grupo?

—¿Qué creías? ¿Qué trabajo solo? Es obvio que tengo un socio. En estos negocios siempre es bueno tener a uno —le contó como si estuviesen hablando del tiempo—. Alejándonos de mí —se cortó en seco— supe que eres tú la encargada de rastrear al renegado que atacó a Eric —le dijo y ella no se sorprendió que lo supiese.

Hace una semana el príncipe de la raza vampírica había sufrido un ataque armado que casi le había costado la vida. El atacante no había sido lo suficientemente rápido ni eficaz para perpetuar la tarea. Eric había quedado vivo y lo había reconocido entregando un retrato hablado bastante detallado. En tan sólo unas pocas horas ella había salido en su búsqueda, pero habían pasado siete días y no había conseguido nada más que pistas falsas.

—Sí, ¿quieres que te dé información sobre eso?

—No es necesario, ya te dije que poseo la suficiente info. para empezar con mi propia búsqueda. Sólo quería saber cómo estabas y quería volver a tentarte para que dejaras esta sucia organización —le dijo y aquello le irritó.

—Si sólo vas insinuar cosas, mejor cállate —le espetó de un muy mal humor.

Él la miró pensativo antes de reír nuevamente.

—Tienes razón, florcita, si no voy a decir nada, mejor me quedo callado —sentenció—. Y creo que es mejor que yo ya me vaya. Tú debes presentarte a dar un informe detallado al comité y ellos no te esperarán si te retrasas —concluyó.

—Pareces saber mucho sobre mi itinerario —lo acusó sintiéndose molesta.

Él simplemente esbozo una sonrisa antes de besar cada una de sus mejillas en señal de despedida.

—Tengo un muy buen informante —le contestó antes de salir en un abrir y cerrar de ojos de la habitación, dejándola completamente sola e irritada. Con mil preguntas en la cabeza que comenzaron a formarse sin pedirle permiso. Suspiró frustrada y agarró su ropa antes de meterse en la baño sin antes pegar un fuerte portazo, descargando así parte de su enojo.

Agustín salió de las instalaciones de la misma manera en que había entrado: en completo silencio y anónimamente. Con unos cuantos pasos silenciosos se alejó lo suficiente para echar un último vistazo a los ostentosos edificios que conformaban el recinto del Delta. Alguna vez él había caminado, dormido, alimentado, flirteado, bromeado y cazado al interior de aquellas construcciones. Pero hace más de cincuenta años que lo había dejado. Para todos era un misterio el por qué el mayor rastreador y cazador del Delta había dimitido, hasta para él a veces se tornaba un misterio, sin embargo, no se arrepentía. La vida que llevaba ahora, era la vida que siempre había deseado, con sus propias reglas.

Caminó furtivamente hasta que se alejó lo suficiente de la sombra de aquella institución.

El Delta había sido creada hace más de dos mil años por el príncipe regente de aquella generación. Edward había gobernado durante quinientos años y había aprobado las mayorías de las leyes que hoy rigen a la raza vampírica. Los libros y los registros lo han mostrado desde los comienzos como el monarca más influyente de la especie, y fue él el que llevó a los vampiros a posicionarse como una estirpe influyente dentro del Submundo.

Suspiró y se internó en la espesura del bosque circundante, su coche lo esperaba entre las sombras de aquel lúgubre lugar. Cuando él había entrado a las filas de los cazadores de elite, aquel bosque poseía una cara distinta. Todo verde y tranquilo, era el refugio ideal para los novatos de esa época. Además servía, sin duda alguna, como un lugar para entrenamiento, muy cotizado por lo más antiguo, sin embargo, ahora parecía un lugar embrujado, demasiado abandonado y demasiado oscuro para ser un ambiente de tranquilidad y paz, nada quedaba del refugio que lo había albergado cuando se cansaba de la disciplina del Delta.

Llegó hasta el oscuro automóvil de vidrios polarizados y un motor a toda prueba y se reclinó en el capó mientras aparentaba relajo; sin embargo, sus sentidos estaban sumamente alertas, tan alertas que no pasó desapercibido la oscura presencia que se extendía a unos pocos pasos de ahí.

Curvó su boca en una sonrisa de suficiencia y agudizó sus dorados ojos para así poder mirar mejor el oscuro espécimen que se ocultaba entre las sombras del lugar.

—¿Desde hace cuánto que estás esperando? —le preguntó con voz amistosa a su no tan inesperado visitante.

La sombra se removió un poco y se ocultó mucho más en la oscuridad reinante, consiguiendo que se le hiciera mucho más difícil seguirlo. Aquello le molestó, porque odiaba que aquel sujeto demostrara su superioridad en cuanto a sigilo y en cuanto a camuflaje, ya sabía que era bueno sin necesidad de que se lo refregara en la cara.

—Deja eso para otro día y para otra persona, Ed —volvió a hablarle. Esta vez el individuo se acercó a un claro en donde fue posible divisarlo en su magnitud—. ¿Vestuario nuevo? —le preguntó en son de burla. Su compañero rara vez vestía distinto. Siempre andaba de negro entero y siempre llevaba aquellas oscuras gafas que ocultaban sus inusuales ojos. Su socio le sonrió con amenaza antes de colocarse a su lado y robarle el cigarro que estaba encendiendo en ese momento.

—Claro, fui de compras ayer. ¿Te gusta mi nuevo abrigo? —le siguió la broma, pero para nada divertido. Y en efecto, el abrigo era nuevo, sin embargo, no muy distinto al que tenía con anterioridad. Estaba seguro que si no hubiese sucumbido a la misión anterior, lo seguiría usando.

—Cambiaste los botones —le contestó, mientras sacaba otro cigarro—. Creo que me gustaba más los de estilo militar —acotó de forma seria.

Su amigo volvió a esbozar su oscura sonrisa antes de pegarle la primera calada al cigarrillo.

—Ya sabes, la moda… —le contestó no muy divertido—. ¿Qué averiguaste? —le preguntó cambiando abruptamente de tema.

Agustín lo miró y lo examinó de pies a cabezas. Era sólo un poco más alto que él y sólo un poco más musculoso que él. Llevaba el pelo largo, negro y bastante liso atado en una coleta. Sus facciones eran duras, pero innegablemente atractivas, la mayoría de las chicas caían rendidas a sus pies cuando lo veían pasar. Era el típico chico duro que expelía masculinidad, cosa que a él le molestaba porque le quitaba cierta cantidad de admiradoras, y mientras que a él le gustaba tener a las mujeres tras de sí, a su compañero le molestaba de sobre manera.

—Lo mismo que ya sabíamos —le respondió mostrando su frustración.

Edgard lo miró y a pesar de que sus ojos estaban ocultos tras las gafas supo que lo estaba examinando para saber si estaba diciendo la verdad.

—No te creo —le contestó después de un rato—. Dijiste que tu informante era lo suficientemente bueno en este asunto —lo acusó, mientra volvía su atención a su cigarrillo.

—Setti, no creas todo lo que te digo —le respondió, llamándolo por su apellido. Edgard esbozó nuevamente aquella sonrisa que nada tenía de amigable. Estaba seguro que en su mente se estaban creando un sinfín de formas para matarlo, revivirlo y volverlo a matar.

—Te diré esto sólo una vez, Agustín —le llamó la atención de forma brusca. Nada nuevo en su persona—. Fue idea tuya meterse en este caso, podríamos haber seguido una misión que estuviese mucho más a manos y que no se involucrase con el Delta, pero insististe y yo acepté, pero con la condición de que averiguaras el primer movimiento, Recart —le espetó.

Agustín suspiró y aquello exasperó aun más a su compañero.

—Bien, bien. Lo importante aquí es que Eric vio cómo era su atacante. El Delta consta con una descripción y con un retrato hablado bastante detallado —le contó, pero su socio no demostró expresión alguna.

—Supongo que lo conseguiste —le dijo con una nota en la voz que no aguantaba una negativa.

—Nop —le contestó simple y llanamente—. Nione lleva el caso, estoy seguro que podría conseguirlo, pero no quiero involucrarla en esto.

—Si esa chiquilla lleva el caso, ya está involucrada, Recart —le contestó secamente su compañero.

—No la conoces, Setti, así que cuida la forma en que te expresas de ella —le respondió cambiando su tono de voz a uno amenazante. Edgard pareció comprender porque se guardó todo comentario, sin embargo, pudo entrever un deje de censura y de fastidio en su rostro—. Cómo sea, También me enteré de que Nione ha estado a la caza de aquel renegado durante toda la semana, primero estuvo en lo bosque de Fiona, en donde el rastro era fuerte, pero después de tres días el rastro se enredó y se perdió en la nada. Los cuatro días siguientes estuvo en el tumulto de Randall y junto a sus mejores cazadores siguieron el rastro que parecía ligeramente distinto al que había seguido en los dominios Fae, pero que poseía la misma esencia, después del tercer día el rastro volvió a perderse. Nione acaba de llegar, por lo cual tendrá que presentarse ante el concilio a dar el informe sobre el caso —concluyó el reporte y miró a su acompañante que había vuelto a adoptar aquella expresión cerrada en su rostro—. Supe que Eric llevará esta noche una fiesta en su mansión para infundir a la población de la confianza que se ha perdido después del ataque—. Agregó y pudo ver un pequeño cambio en la expresión de Edgard.

—¿Piensas que pueden volver a atacarlo? —le preguntó y el se dignó simplemente a asentir con un ligero movimiento de cabeza.

—Supongo que irás tú a esa fiesta.

Agustín no pudo evitar largarse a reír frente la expresión de horror que se dibujó en el rostro de su compañero cuando comprendió que cabía la posibilidad de tener que ser él el que se presentara en aquel evento, por lo cual decidió ser algo cruel.

—Iremos los dos, Setti, así tendremos más posibilidades de cubrir el salón. Recuerda que estas fiestas no son para nada pequeña, Ed —le contestó y disfrutó de sobre manera el ver desarmado al gran Edgard.

—Bromeas, ¿verdad? —le preguntó volviendo a su estoicismo.

Agustín le sonrió con aquella burlona y característica sonrisa y le contestó negativamente.

—Así que anda pensando en encontrar un traje decente y costoso, además de unas lentillas que cubran tus ojos si no quieres mostrar su color verdadero, porque está claro que no te dejaran entrar con gafas de sol a una fiesta de Eric, Setti —agregó y se regocijó en la mueca de horror que se dibujó en su cara.

Agustín apagó el cigarrillo y rodeó el negro coche hasta subirse al asiento del piloto. Bajó la ventanilla que daba al lado en que se encontraba Edgard aún apoyado.

—Nos reuniremos en la entrada de la mansión, Edgard, y quizás sea hora de que hagas galas de buenos modales, Setti. Nos vemos, viejo amigo, y prepárate para una excitante cacería —le dijo y echó a andar el motor para perderse en la espesura antes de salir hacia la carretera con un suave ronroneo del motor de su querido coche.

sábado, 1 de agosto de 2009

Libertad: capítulo 2 1ºparte

Capítulo dos

Meredith llegó al restorán acordado a la hora acordada, y cómo pensó ninguna de las dos había llegado aún, así que se dirigió a una mesa para tres y se sentó. Pidió un refresco para beber mientras esperaba y se dedicó, en un intento por matar el tiempo, en mirar y absorber los detalles del interior. Era una costumbre bastante arraigada en ella. Desde pequeña se había distinguido por ser sumamente observadora y curiosa, características que habían sido fundamentales a la hora de dedicarse a la pintura y a la escultura. Su capacidad de interiorizar los detalles le habían ayudado para transmitir de forma impecable su sensibilidad en cada cuadro que pintaba, y le había ayudado a desarrollar y a pulir su habilidad innata para el dibujo.
Observó a cada cliente del local y detectó cada pequeño cambio que habían hecho tras su última visita, cosa que no era difícil de darse cuenta cuando eras un cliente habitual. La antigua barra había sido reemplazada, cambiando el simple diseño a uno mucho más trabajado y fino. Sonrió, le gustaba, le daba un aire mucho más acorde con las mesas y las sillas de estilo antiguo que, sin duda, iban con el nombre medieval del restorán. El escondido local Tierra Media lo habían encontrado de pura casualidad, vagando por las calles escondidas de Providencia. Sin querer se habían metido en un callejón de casas estilo londinenses que parecían ser una zona residencial, pero se habían llevado una grata sorpresa al darse cuenta de que era un barrio hotelero y discretamente comercial. El pequeño y acogedor restorán hubiese parecido una casa más sino no hubiese sido por el cartel y el pequeño duendecillo con una pinta de cerveza en la mano trabajado en madera que colgaba en la entrada del lugar, dando silenciosa y cómplicemente la bienvenida al viajero perdido, toda una fantasía.
El camarero llegó con su bebida y le sonrió familiarmente. Era obvio, una vez al mes se juntaban en ese lugar para almorzar, era una de sus tantas tradiciones, al igual que la junta de todos los jueves en algún pub o happy hour, definitivamente sus dos amigas eran sus pilares más importantes y daba gracias por ello.
La campanilla de la entrada sonó anunciando la entrada de un nuevo cliente. La rubia cabellera de Tessa y el achocolatado cabello de Nicky aparecieron en su campo de visión. Ambas venían riendo de tal forma que le contagiaron inmediatamente el buen humor.
—Hola —las saludó y ambas le correspondieron el saludo a medida de que se sentaban causando un estruendo, pero no se acobardaron.
—Nos encontramos en la esquina —le habló Tessa, poniéndola al día.
—Creo que se me pegó la impuntualidad de Tere —agregó Nicole que se veía más resplandeciente que nunca.
Teresa la miró fingiendo indignación, causando que ella y Nicky soltaran una carcajada.
—Te perdonaré ese agravio sólo si nos cuentas tu noticia ya —contestó Tessa aguantando su propia risa.
Mere desvió su mirada hacia Nicole y pudo ver el brillo de felicidad y dicha que invadió a sus oscuros ojos, se veía realmente resplandeciente. Toa la tristeza que le había visto en las últimas semanas había desaparecido mágicamente, lo que le causó gran curiosidad.
—¿Tendrá algo que ver con tu héroe, Nicky? —le preguntó y el rubor que cubrió su rostro fue la respuesta que necesitaba para saber que había acertado.
Nicole era una persona muy fácil de tratar, era sumamente transparente y sincera, así que no era necesario que expresara con palabras sus pensamientos, con una simple expresión en su rostro los dejaba transparentar, haciendo que las personas cercana a ella supieran lo que pasaba por su cabeza.
—La verdad, sí, tiene mucho que ver —contestó, tomando el menú y abriéndolo para examinarlo—. ¿Por qué no ordenamos y luego les cuento? —preguntó.
Ambas asintieron y tomaron sus respectivos menús; sin embargo, Mere se distrajo con el brillo en el dedo anular de la mano izquierda de su amiga, un hermoso anillo de diamante y oro blanco resplandecía con magnánima grandeza. Aquello le dijo mucho, ¿seria posible que su amiga estuviera pronta a casarse? Esa sería la única respuesta para tanta felicidad y misterio. Quiso preguntarle, pero tal vez arruinaría la sorpresa, era obvio que Nicky quería ser la que diera la noticia, así que se mordió la lengua y se concentró en los distintos nombres que adornaban el menú. Al final se decidió por la Ensalada César.
Ordenaron sus almuerzos y se entretuvieron conversando de un sinfín de trivialidades, hasta que el camarero llegó con sus pedidos. La primera en sacar el tema nuevamente fue Tessa.
—Y bien, ¿qué tiene que ver el cabezotas buenorro con tu cara de felicidad? Supongo que al fin está haciendo las cosas bien —le dijo, estaba claro que Tere aún no olvidaba la vez que Nicole había llegado a su casa completamente afectada, había llorado todo el fin de semana y apenas le habían visto el pelo, porque se la había pasado encerrada en su cuarto, evadiendo sus preguntas e ignorando sus suposiciones.
Nicole se rió claramente acordándose del mismo hecho que ella. Nunca les había contado qué era lo que había pasado y ellas habían dejado de insistir sabiendo que no conseguirían nada, además era un asunto de pareja que debían resolver en pareja.
—Está haciendo las cosas bastante bien —contestó Nicky con un brillo pícaro en los ojos.
Teresa fingió sonrojarse, llevándose la mano a la boca fingiendo vergüenza.
—Algo le han hecho a mi dulce Nicky. Ese pervertido te está profanando —contestó causando que volvieran a estallar en una estruendosa carcajada arrastrando a su mesa la mirada sorprendida de alguno de los clientes.
Nicole movió la cabeza negativamente, tratando de contener la risa. Se llevó un bocado de su comida y se tomó su tiempo para tragar, luego las miró y levantó su mano izquierda para mostrarle el fino anillo que adornaba su dedo anular.
—Nos vamos a casar para primavera. Así que pronto pasaré a ser la señora Ruston —les contó y ella no se sorprendió, porque ya se lo esperaba, pero Teresa fue bastante efusiva, dejó caer el tenedor causando un nuevo estruendo que volvió a atraer las miradas y se pellizcó la mano en un intento por saber si estaba soñando.
—No me lo puedo creer —exclamó, llevándose su vaso con bebida a la boca. Aquella reacción la entretuvo, Teresa era bastante directa y expresiva para sus cosas lo que hacía el contraste perfecto con el carácter tímido de Nicole y la personalidad reservada de ella.
Nicole sonrió y desvió la mirada hacia ella.
—No pareces sorprendida —le dijo, pero no reprochándoselo, sino constatando un hecho.
—Estoy sorprendida, pero no por la noticia. Me la esperaba en cuanto vi el anillo en tu mano. Me sorprende que te vayas a casar, claro está. Digo, ha sido rápido —le contestó sonriéndole a su vez. La verdad era que se alegraba bastante por su amiga. Rasmus le había parecido un hombre bastante bueno para Nicole, eran la pareja perfecta, de eso no había duda, ¿y qué mejor que se unieran en matrimonio? —Te felicito, Nicky, es la mejor noticia que nos has podido dar —la felicitó sinceramente.
—No es sólo eso, es una bomba —volvió a exclamar Tere—. Debo reconocer que por haberte hecho llorar tenía unas ganas locas de ponerle las manos encima, pero esto —dijo, tomando la mano izquierda de Nicole y apuntando el anillo— lo compensa todo. Mi Dios, si es un bombón. Tendrás que darme la receta para cazar a uno parecido —sentenció, volviendo a su comida.
Nicole se rió del comentario.
—Bueno tiene dos hermanos y con uno ya tuviste un gran encontronazo —le contestó y el rostro de Tessa cambió de expresión.
—Se me ha quitado el apetito. Eres cruel, Nicole. Ese sujeto es el ser más despreciable que he conocido, condenadamente atractivo y sexy, pero proporcionalmente desagradable —respondió categóricamente.
Ella no pudo evitar reírse. Tere era demasiado exagerada para algunas cosas.
—Los amores reñidos son los más queridos —agregó ella disfrutando la expresión de horror que invadió el rostro de su rubia amiga.
—Muérdete la lengua, blasfema —le contestó, haciendo la señal de la cruz como si ella fuese el mismo demonio, lo que causó otra tanda de risa por parte de ella y Nicky—. Claro, ríanse. No importa, cuando vuelva del sur con un bombón de ensueño, seré yo la que ría de último —soltó sorprendiéndola a ambas.
—¿Al sur? —oyó que le preguntaba Nicole.
—Sí, verán, lo que les decía cuando hablé con ustedes en la mañana —hizo una pausa para tomar otro bocado, cuando tragó, continuó—. Mamá me llamó desde París para contarme que papá quiere verme —les contó y su expresión se ensombreció un poco.
Teresa era hija de madre soltera. Su padre era un hombre casado que había tenido una aventura con su madre, dejándola embarazada y a pesar de que la había reconocido como hija, se había negado a dejar a su propia familia para hacer una vida con ellas dos, así que Cecilia y Teresa habían salido adelante juntas, creando un fuerte lazo entre madre e hija.
—¿Por qué quiere verte ahora? —le preguntó centrando toda su atención en Tere, que trató de parecer indiferente ante aquel hecho, pero a pesar de sus esfuerzos para Nicole y para ella era evidente que aquello le afectaba.
—Al parecer está enfermo y quiere verme para estar en paz. Ustedes saben, algo así como expiar sus pecados. Mi hermanastro se comunicó con mamá para preguntarle por mí. Así que en una semana más viajo a Puerto Varas a hablar con el viejo. Supongo que será un paso para mi propia tranquilidad —agregó—. Ya saben, no es sano guardar rencor, además sería darle más importancia de la que tiene —sentenció aparentemente tranquila, pero para ellas era obvio que no le era indiferente.
Nicole estiró su mano y tomo la de Tere, ella la imitó estrechando la otra mano con lo cual le dijeron si n palabras de que pasara lo que pasara la tenía a ellas. Tere les sonrió y volvió su atención a su vaso de bebida.
—No nos pongamos tristes hay que celebrar —exclamó alzando el refresco—. Por Nicole y Rasmus. Que sean muy felices.
Las tres brindaron entre risas y bastante emocionadas, cuando sintieron que la campanilla de la entrada volvía a sonar. Mere desvió la mirada y se concentró en los recién llegados y sintió que el aire la abandonaba. Unos ojos grises como la plata las observaba divertido. Les sonrió y se acercó a ellas. Nicole se giró y observó al hombre que acababa de llegar acompañado por una deslumbrante pelirroja.
—Hola, cuñis —la saludó el hermano menor de Rasmus Ruston y que ella había tenido la oportunidad de conocer en otra oportunidad.
Él desvió la mirada de Nicole y la clavó en ella deteniéndose para recorrerla por completo. Una sonrisa depredadora se formó en sus perfectos labios, desconcertándola. Mere tragó saliva tratando de mantenerse calmada, odiaba eso. La primera vez que lo había visto se había sentido exactamente igual, sumamente contrariada, incómoda y vulnerable ante la arrolladora presencia de él.
—Hola, Meredith. Tanto tiempo —la saludó con aquella seductora voz que evocaba y prometía lujuriosas fantasías.
—Hola… ¿cuál era tu nombre? —le preguntó fingiendo no acordarse en una forma de autoprotegerse.
La expresión de él cambió. Lo había sorprendido de sobremanera, su sonrisa desapareció, pero no desvió su mirada inmediatamente de ella. Con voz lenta y sedosa le contestó:
—Alexion, pequeña Mere. Qué lástima que no me recuerdes, porque ciertamente yo sí lo hago. —Le dedicó una devastadora sonrisa que la dejó nuevamente sin aire, para luego volverse a una estupefacta Tere que miraba a Nicole con cara de interrogación—. Tú debes ser la que bofeteó a mi hermano Rau. Bien hecho, a veces se lo merece —le dijo ganándose inmediatamente la simpatía de Tessa.
Las presentaciones corrieron por parte de Nicole que cruzó palabras con él con bastante familiaridad y cariño. Ella prefirió quedarse al margen y se dedicó a observar a la sensual acompañante. Era obvio que aquel tipo de mujer eran sus preferidas. La primera vez que lo había visto se había dado cuenta de que era un mujeriego sin escrúpulos, pero verlo en acción le molestaba más de lo que creía o quería aceptar. Además la pelirroja parecía ser de esas que no tenían mucho cerebro, se notaba en sus risitas tontas y en los seudónimos empalagosos que ocupaba para referirse a Alexion. ¿Qué era eso de “gordito”? Bufó atrayendo las miradas hacia ella, lo que él interpretó como una directa manifestación de molestia por su parte, porque rápidamente se despidió para tomar del brazo a su acompañante, pero antes de irse clavó su gris mirada en ella nuevamente y le sonrió.
—Espero que la próxima vez que nos veamos me recuerdes, Mere —le dijo y le guiñó un ojo en un gesto casual, pero que envió onleadas de calor y electricidad a su cuerpo. Estuvo a punto de jadear, pero logró controlarse. Sin embargo, no fue capaz de contestarle, él se giró y arrastró a la mujer hacia una mesa vacía, muy cerca a la de ellas, sentándose en la silla que quedaba justo en su dirección. Su perturbadora mirada siguió fija en ella capturándola por completo y haciéndola sentir incómoda. En un intento por volver a tomar el control de sus emociones se giró hacia sus amigas y se halló que la miraban con sorpresa e intriga.
—Suéltala —le ordenó Teresa con una mirada cómplice.
Ella puso cara de no entender, pero Nicole lo complicó todo.
—No me había fijado que saltaban esas chispas entre ustedes. Prácticamente te comió con la mirada y tú casi asesinaste a su acompañante. Dios, si tan sólo se han visto una vez —agregó y supo que el siguiente tema de conversación sería ella.

Obsesión


Prólogo

Diciembre 1953

El vampiro se acercó a la ventana de su despacho y miró hacia el exterior. La avenida principal estaba atestada de gente. A pesar de lo tarde que era, unas cuantas familias paseaban con bolsas llenas de compras navideñas.

Angus sonrió ante aquella postal; a pesar de que ya no fuera humano, había algo en aquella costumbre que lo hacía sentirse cálido y relajado. El sólo hecho de ver a las familias reírse a pesar de las adversidades hacía que algo dentro de él volviera a la vida. Sin embargo, no había que desconocer que una extraña melancolía se apoderaba de él en estas fechas, la imagen de la familia que nunca tuvo solía presentarse, sin previo aviso, en su cabeza.

Sintió secarse su garganta, señal de que era hora de salir a cazar. Lo bueno de Nueva York era la gran cantidad de humanos que poseía, por ende, no corría el riesgo de quedarse sin alimento. Se colocó su largo abrigo negro y salió del edificio.

Afuera hacía un frío horrible, pero él podía soportarlo a la perfección. Anduvo unos cuantos pasos cuando una presencia a su espalda lo puso en guardia. Se giró y se encontró con quien menos quería encontrarse.

—Rodrigo —saludó al recién llegado—. ¿A qué se debe tu molesta presencia —preguntó de muy malas ganas.

El anciano ignoró el frío recibimiento y contestó de forma estoica, característica bastante normal en su persona.

—Me acaban de comentar que tus rastreadores han encontrado señal de un cachorro —le dijo.

Angus trató de disimular el creciente malestar que surgió en él al oír aquellas palabras. Desde que se había terminado la guerra con la firma del Tratado, el clan vampírico había decidido no bajar la guardia, por lo cual había formado La Sociedad que se encargaba de rastrear el nacimiento de cualquier cambia formas y la posterior eliminación, en una manera de controlar la amenaza que significaba que la manada de hombre lobos volviese a cobrar fuerzas.

Él era el jefe, el líder encargado de la mano armada de la especie y, por ende, caía sobre sus hombros la responsabilidad de ejecutar a los cachorros, y eso era lo que más odiaba. El tener que sacrificar a niños que no tenían conocimiento alguno de la guerra que se había vivido entre ambas razas, lo hacía sentirse la peor bestia que pudiese existir, pero era eso o el ser ejecutado por traición. Era un maldito cobarde que no era capaz de sacrificar su existencia por la vida de un inocente. Era el monstruo sanguinario que no le importaba matar por mantenerse en este mundo. Se daba asco, pero incluso así no era capaz de desafiar las leyes.

—No lo sé, Rodrigo. No me ha llegado ningún informe —le contetsó, tratando de parecer relajado.

El anciano lo perforó con aquellos ojos gris perla, como si quisiera hacerle un examen completo a sus pensamientos. Lo bueno era que su mente era lo suficientemente recia para mantener afuera al vampiro.

—Anastasia me lo dijo. Así que aprovechando que tú estás a cargo justo en la zona en donde se encuentra la cría, irás y lo ejecutarás —le ordenó Rodrigo—. Ya conoces las reglas —agregó.

Maldijo por lo bajo antes de asentir con la cabeza.

—¿Dónde se supone que se encuentra? —preguntó resignado.

—En la periferia de la ciudad, en la zona pobre —le respondió el anciano antes de desaparecer.

Angus inmediatamente destelló hacia el barrio y se concentró en encontrar la esencia del cachorro. No le fue difícil por lo que supuso que el condenado debía ser un niño, un bebé sin control sobre su identidad.

Volvió a destellar y apareció en la puerta de una pobre casa, vivienda digna de los barrios bajos de Nueva York. Se proyectó hacia el interior y no le fue difícil hallar una cuna. Se quedó petrificado cuando unos inocentes y grandes ojos lo perforaron. Eran dos zafiros ignorantes de la eminente muerte por motivos que jamás conocería.

Recorrió el dulce rostro del infante y deseó no haberlo hecho. El pequeño le sonrió y estiró su mano en busca de simpatía, soltó una encantadora carcajada uy aleteó en señal de querer jugar con él.

Angus cerró los ojos y extrajo la daga de plata que solía llevar.

—Perdóname, pequeño. Qué Dios se apiade de ti —susurró antes de perforar el frágil corazón que dejó de latir inmediatamente.

Pequeñas gotas de sangre del inocente salpicaron su rostro. El bebé era uno más de los tantos que había ejecutado desde que se había firmado la tregua. Un rostro más que lo perseguiría en sus agitados sueños. Jamás olvidaría la inocente y anhelante risa del pequeño, ni mucho menos las ansias de vivir que poseían sus ojos.

Quiso gritar de impotencia, pero se contuvo.

No podía ni siquiera empezar a imaginar el dolor de sus padres cuando encontraran a su primogénito muerto en su cuna,

La agonía laceró su supuesta alma, llevándolo a un suplicio inimaginable.

De la misma forma que había llegado se retiró de aquel lúgubre hogar.

Caminó sin rumbo fijo por las callejuelas de la Gran Capital. Se derrumbó apoyando su espalda en una fría pared, sintiéndose completamente desprotegido y lloró… lloró por quien había tenido que asesinar, lloró por los que había ejecutado en los siglos pasados, lloró por la injusticia y lloró por su propia solitaria y podrida existencia., y por primera vez desde que nació se sintió como un niño desesperado.

—Hey, muchacho, no llores —aquellas dulces palabras hicieron que una ola de calor recorriera su interior.

Angus levantó sus púrpuras ojos y se encontró con unos ojos de un color azul demasiado eléctricos para ser reales. La mujer le regaló una encantadora sonrisa y se giró para hablar con alguien que se encontraba a su espalda.

—Luis, mira. Parece como si fuera un cachorro sin hogar.

Un hombre de estatura media de cabello azabache se acercó para mirarlo.

—No es un perro, Clara. No puedes llevártelo a casa. Además mañana regresamos a Chile.

Ella lo miró enfurruñada y se cruzó de brazos. El hombre la miró y suspiró para luego girarse para hablar con él.

—Creo que le agradas a mi mujer. ¿No te gustaría tomarte un café con nosotros?

La mujer que se llamaba Clara aplaudió de felicidad y se volvió nuevamente hacia él.

—Mejor que sea un chocolate caliente. Mamá siempre me dijo que cuando alguien está triste el chocolate hace maravillas —le dijo de lo más animada—. Seamos amigos, ¿sí?

Angus supo, entonces, que jamás podría decirle que no a aquellos dos personajes, pero por sobre todo, supo que desde ese momento estaría dispuesto a sacrificar su vida por mantenerlos a salvo.

¿Qué tan equivocado podía estar? Sólo el tiempo se lo diría y, sin duda, que no estaría preparado para recibir los resultados.


El Submundo: prólogo y portada


Nuevo proyecto: Saga El Ensueño. Libro 1: El Submundo

Prólogo:

La fresca brisa de la primavera la golpeó en el rostro. Llevaba oficialmente tres días enteros persiguiendo a un nuevo traidor. No debería ser distinto al resto de los casos que había atendido en los últimos cien años, sin embargo, este renegado parecía ser más escurridizo que los otros parecidos a él.

Nione Caspell, era una vampiresa de doscientos años de edad, creada directamente de uno de los más antiguos inmortales de la raza, sin embargo, su constante ansias de independencia la llevaron a abandonar la protección de su maestro a los pocos años de haber sido transformada. Fue así como recién transcurrido medio siglo, Nione rompió las cadenas definitivas con su anciano mentor, abriéndose caminos por sí misma en el mundo de la inmortalidad.

Vagó por más de un siglo, aprendiendo a sobrevivir en precarias condiciones, hasta que encontró un lugar en el círculo más elitista de la especie vampírica. Fue en medio de aquella sociedad que pulió sus innatas habilidades de guerrera y cazadora, logrando rápidamente coronarse como una de las rastreadoras más eficaces del Delta, sociedad encargada de cazar a todos aquellos individuos que de una y otra forma habían perdido el rumbo, transgrediendo las reglas impuestas por el consejo vampírico y por el mismo príncipe de la raza.

El sol hace un rato había despuntado en la cordillera emitiendo sus rayos por sobre el antiguo bosque. Sus ojos ya estaban cansados por los tres días que llevaba sin dormir y sin alimentarse, así que tuvo que llevarse las manos para tapar su sensible vista aplacando así un poco el insoportable ardor que comenzaba a sentir.

Tal vez ya era hora de parar aquella cacería, estaba segura que estaba andando en círculo desde hace dos días. Los rastros que había encontrado en las últimas cuarenta y ocho horas eran evidentemente falsos, un trampa para despistarla y llevarla a la dirección contraria.

Sus sentidos estaban empañados por el ayuno obligado al que se había tenido que someter, así que ya no se encontraba en condiciones de dilucidar el enigma, además el lugar en que se encontraba no era precisamente lo más familiar. Los Faes podían ser criaturas amigables la mayor parte del tiempo, sin embargo, odiaban cuando las visitas se extendían por mucho tiempo. Así que lo mejor era desistir cuanto antes la búsqueda de aquel renegado y abandonar aquellos bosques feéricos.

Suspiró antes de colocarse los lentes oscuros para protegerse sus, cada vez más, sensibles ojos color verde avellana y se echó la capucha de su negro polerón sobre su cabeza. Era una de los pocos vampiros que podía tolerar el sol en todo su esplendor, pero en su actual condición de desnutrición y cansancio el aguante estaba mermado, así que su piel y su vista estaban comenzando a sucumbir ante la debilidad legendaria de la raza.

Echó a correr con sus últimas energías en dirección del majestuoso palacio de cristal del reino Fae que se escondía entre las espesura de los árboles y unos cuantos encantamientos, para mantener a los curiosos e indeseados lejos de sus paredes. Era un trámite que no quería realizar, pero era esencial hacerlo si quería seguir en los buenos términos con aquella mágica e impredecible estirpe.

Se detuvo en seco cuando llegó ante la inmaculada y esplendorosa fortaleza. Los peculiares guardias al reconocerla la dejaron pasar sin antes dedicarle una clara mirada de aburrimiento. Aquel gesto fue suficiente para reafirmar su decisión de abandonar esas tierras lo antes posibles; sin embargo, debía dejar constancia que se retiraba de los dominios del rey feérico, pero que mantendría la vigilancia por el renegado que se había escabullido en esas zonas. Sabía que la realeza de las hadas estaría encantada de ayudar en la búsqueda de aquel inesperado visitante por el sólo hecho de haber osado pasar los límites de sus propiedades sin una invitación ni un permiso claro.

Antes de que llegara al final del pasillo, las puertas que daban al gran hall se abrieron de par en par, dando a entender que la estaban esperando. Aquella constatación logró ponerle los pelos de punta. Aquellas criaturas poseían artes que se negaban a compartir con cualquier otra especie, guardando celosamente sus secretos.

Apenas cruzó el umbral hizo una formal reverencia al rey y a la reina que se encontraban sentado en sus tronos de cristal custodiados por más de aquellos peculiares guardias. Nione levantó la vista y se fijó en su entorno. La corte de la Casa Fiona estaba en toda su majestuosidad. Grandes estandartes con el escudo de la Casa decoraban las finas paredes. El gran león hacía presencia en todas las decoraciones del palacio de los Sidhe de Fiona. Unas cuantas Pooka revoloteaban por aquí y por allá en su forma animal, mientras que cientos de Sátiros agasajaban y entretenían a los curiosos nobles de la corte.

—Nione, se me ha informado que ya te retiras de nuestros territorios —la voz de lady Fiona se abrió paso con su usual tono etéreo hasta sus oídos.

Nione observó a sus anfitriones sopesando cuál era la mejor forma de responder sin ofenderlos ni alarmarlos.

—Sólo con la verdad, vampiresa. —Sentado a la derecha de su cónyuge se encontraba lord Rathsmere, actual rey regente del feudo de esa zona. Le habló con la usual calma que caracterizaba a la nobleza de las hadas.

—Me temo que sí —contestó con firmeza—. Ya no veo el motivo de quedarme más por estas zonas, teniendo en cuenta que estoy llegando a mis límites buscando un fantasma que de hace mucho se esfumó de estas tierras.

La risa de lady Fiona acarició sus oídos con una nota suave y relajante.

—Pues entonces me permitirá enviarla a su hogar sana y salva —le indicó la reina.

Nione se sorprendió ante el ofrecimiento, pero lo mejor era que lo declinara, no quería estar en deuda más de lo que ya de por sí estaba con el hecho de que la hubiesen dejado cazar en esa zona.

—No se preocupe por debernos nada, Nione —habló el rey con una sonrisa demasiado enigmática en el rostro—. Tómelo como una atención a un muy buen amigo. Además su portal ya está preparado —la tentó lord Rathsmere.

—Sí, querida. Se ve bastante cansada estoy segura que agradecerá que la enviemos inmediatamente a los refugios de sus paredes lo antes posible —agregó la reina.

Nione procuró no suspirar de resignación, aquel pequeño gesto podía ser tomado rápidamente como una falta de respeto.

—Será un placer —aceptó al cabo de unos segundos.

La corte en pleno estalló en aplausos por la decisión tomada, mientras que los reyes se reían de una forma demasiado encantadora. Nione se puso en guardia.

—Oh, querida, no se ponga a la defensiva. Mi corte suele ser demasiado efusiva —aclaró la reina—. La Casa Fiona se caracteriza por la demostración de afecto sin tapujos.

El rey movió los dedos indicando a uno de los nobles que guiara a Nione hacia la sala contigua en donde se encontraba listo el portal que la llevaría directo a su hogar. Ella se encaminó sin protestar procurando hacer una reverencia de despedida antes de retirarse.

—Querida —la llamó lady Fiona, ante lo cual Nione se detuvo.

—Sí, su majestad.

—Nos gustaría estar seguros que cuando necesitemos de su ayuda usted nos las prestará —le dijo sin inmutarse. Entonces Nione comprobó su conocimiento de que las hadas nada lo daban gratis.

—Claro, mi lady —le contestó antes de hacer una reverencia y abandonar el gran hall.

—Una chiquilla encantadora —acotó lord Rathsmere, mientras veía desaparecer a su invitada.

Su cónyuge lo miró con una expresión divertida antes de contestar.

—Sin duda, mi querido, sin embargo, es algo demasiado inocente para este mundo cada vez más oscuro y traicionero —le contestó, antes de ordenar que la música y la fiesta continuara.


Libertad Capítulo 1

Capítulo uno

Meredith descolgó y esperó a que alguien se dignara a contestar. Los segundos pasaban marcados por el tic-tac del reloj de pared, pero nadie era capaz de coger el bendito auricular. Al final se rindió y colgó, lo más probable era que su padre estuviera en una nueva reunión y no tuviese tiempo para gastar en un saludo matutino.

Se desplomó en el lujoso sillón de cuero y esperó cinco minutos antes de volver a coger el teléfono, sin embargo, esta vez marcó un número distinto, esperando obtener buenos resultados. Tras unos cuantos minutos de constante insistencia obtuvo lo que quería.

—Diga —la voz aterciopelada de su madre respondió del otro lado de la línea telefónica.

—¿Mamá? Soy yo, Mere —saludó algo cohibida.

—Cariño, —la llamó algo cansada— ¿cuántas veces voy a tener que decirte que no me llames tan temprano? —le preguntó a regañadientes.

Claro, debió habérselo esperado. Su madre era un tiro al aire, un pájaro nocturno, por lo cual tratar de encontrarla despierta, sin importar el día de la semana, tan temprano era imposible. Y siempre se lo recordaba cuando ella osaba llamarla por la mañana ante de irse a clases.

—Lo sé. Sólo quería saludarte, nada más —le respondió con tono de disculpa.

Cuando hablaba con su madre siempre se sentía disminuida y retrocedía a los años de su infancia, cuando era renegada al rincón más alejado. Debería estar más que acostumbrada a los desprecios maternos, sin embargo, se le hacía sumamente difícil pasar por alto cada una de sus afiladas palabras.

Quizás por todo eso al final el matrimonio de sus padres se había ido al carajo en menos de lo que lleva respirar. Sólo tenía unos tres años cuando ellos se separaron, así que sus recuerdos eran escasos, es más ni siquiera creía posible que alguna vez hubiese constituido una familia feliz.

—Ya es hora de que crezcas, Meredith —la regañó su madre—. No puedes estar por la eternidad dependiendo de tus padres —agregó—. A tú edad yo ya estaba casada y dirigiendo mi propia…

Dejó que las insípidas palabras se perdieran en el aire. Ella, como tantas otras veces, se perdió en sus pensamientos, esperando a que su malhumorada progenitora dejase de hablar.

“Ay, Meredith, deberías aprender que es una inutilidad seguir creyendo que eres remotamente importante para ellos”, se dijo a sí misma, mientras escuchaba el último vestigio de palabras pronunciada por su madre.

—Lo siento, mamá, no lo volveré a hacer. Espero de corazón que te vaya bien —le contestó tratando de sonar segura y confiada, y tratando de mantener a raya el agujero en su corazón que se comenzaba a abrir con cada nota de desprecio en la voz de Elina Sepúlveda—. Te quería contar que mi exposición fue de mil maravillas, de hecho la sección de “Artes y Letras” del Mercurio le dedicó una pequeña mención. Pues bien, adiós —se despidió y colgó antes que su madre la asaltara nuevamente con aquellos reproches e insultos dichos con palabras bonitas.

Lanzó al sillón contrario el bonito auricular de diseño y se terminó de recostar en su bonito asiento mientras luchaba por contener las lágrimas y por tragar el doloroso nudo que se le había formado en la garganta. Pero a pesar de que ya tenía veintidós años le era difícil dejar atrás las inseguridades que la habían atormentado cuando era una niña. Era difícil ser un producto de una relación sin afecto, saber que eras producto de un embarazo no deseado. Su madre constantemente, y por medio de eufemismos, le reprochaba ser la causa de haberse tenido que casar a tan temprana edad y no haberla dejado disfrutar de su juventud, atándola a un hombre que no amaba y que no amaría jamás.

Cómo fuese, Mere sabía que aquella falta de amor la había marcado, porque a pesar de tener veintidós años nunca había tenido una relación seria, jamás se había involucrado sentimentalmente con alguien del sexo opuesto.- se había recluido en una forma de resguardar sus sentimientos, en una forma de evitar que la historia se volviese a repetir. Cielos, el sólo hecho de pensarlo le causaba extremo pavor, por eso mismo prefería mantenerse al margen, sola y en paz.

El teléfono sonó, sacándola de su autocompasión. Cogió el auricular y contestó. Del otro lado de la línea telefónica sonó la entusiasmada voz de Tere. Se sorprendió al darse cuenta que era algo temprano para que su amiga estuviese funcionando.

—Mere, te esperamos en el mismo lugar de siempre a la hora del almuerzo y no faltes, porque Nicky algo tiene que contarnos —le habló atropelladamente.

—Hoy lloverá o peor aún, puede que se acabe el mundo —le contestó tratando de bromear—. ¿Qué sucedió para que estés tan animada a estas horas de la mañana?

—Oh… no lo sé, es sólo que Nicky me llamó hace un rato y me pegó el buen humor —le dijo provocando que pudiera sonreír sinceramente.

—Debe ser algo sumamente importante y bueno para que te haya despertado y arriesgado a recibir tu reprimenda —le soltó medio en broma.

—Me pintas como un ogro y no es así. Tú sabes que para mis amigas siempre estoy disponible —le dijo y se la imaginó haciendo pucheros.

—Lo sé, Tessa, de eso no hay duda —le contestó con una nota de melancolía en la voz. Su amiga en algunos aspectos le solía recordar a su propia madre, pero la gran diferencia residía en el hecho de que Teresa jamás le daba la espalda a sus seres queridos.

—Bien, ¿entonces en el restorán de siempre? —le preguntó sabiendo de antemano la respuesta.

—Sip, yo también tengo algo que contarles, aunque no creo que sea tan buena noticia como la de Nicky —le contestó su amiga cambiando su entusiasmado tono de voz a uno mucho más monótono.

—¿Qué sucedió? —le preguntó realmente preocupada.

—Mmm… nada. Ya tú sabes —le respondió parodiando el acento centroamericano—, mamá llamó esta mañana y cuando llama siempre deja caer un notición —agregó, restándole importancia al hecho y recobrando su buen humor—. Más rato hablamos, no te retrases —bromeó, sabía que ella era la más puntual de las tres.

—Tessa —la llamó—, procura no retrasarte tú —le dijo antes de despedirse entre risas y bromas.

Teresa y Nicole siempre lograban sacarla de su estado monótono y conseguían devolverle la sonrisa a su rostro. Sin duda que en ellas había encontrado la imagen de la familia que se derrumbó aun antes de que ella naciera.

Suspiró y observó el teléfono que tenía en su mano y lo depositó en la mesita de centro. Se levantó, se estiró y salió en busca de la tarjeta para el autobús y de su bolso con sus cuadernos y salió de su departamento con la cabeza puesta en el día de clases que le esperaba.

Alexion contuvo el aliento cuando el exuberante trasero de Daniela se posó en su regazo.

—Alex —lo llamó con ese tono de voz juguetón, coqueto y malcriado tan característico en las mujeres de su clase y con las cuales estaba acostumbrado a salir—, estoy horriblemente aburrida —agregó haciendo un puchero con sus sensuales y eróticos labios—. ¿Por qué no jugamos juntos? —le preguntó al tiempo que dejaba vagar su dedo por sobre su mentón hasta el cuello de su chaqueta gris—. Antes solíamos divertirnos mucho, Alexion —sentenció en una parodia de tristeza.

Él tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano por no poner los ojos en blanco ante las demandas de Daniela y tuvo que contenerse aun más por no levantarse con brusquedad y dejarla caer en el frío suelo de la cafetería.

—Bueno, sí. Ya sabes —se oyó que le contestaba y sintió sobre él la mirada burlona de su compañero y amigo de curso, Gustavo— los estudios —concluyó fulminando con la mirada a Tavo que había rodado los ojos y había bufado en señal de incredulidad. Cuando estuviesen solos lo mataría, pensó.

—No me mientas, gordito —le contestó Daniela comenzando a jugar con su rojo y bien cuidado cabello.

Sintió la risa de burla de Gustavo ante el apodo cariñoso que soltó Dani y vio la mímica que hizo acompañado a un silencioso monólogo, él le sonrió con amenaza mientras intentaba que Daniela se levantara y se aburriera de su indiferencia, pero no fue así, ella siguió en su regazo y aumentó la presión en su miembro que no fue indiferente a aquel contacto y saltó de la excitación, provocando que soltara de golpe el aire que estaba reteniendo, lo que significó que ella se diera cuenta de su momentáneo poder sobre él. Era en esos momentos en que odiaba ser hombre.

—No te miento, corazón, es verdad que los estudios me han tenido bastante ocupado —replicó con voz ronca, manteniendo a duras penas el jadeo que amenazaba por escapar de su boca ante el provocativo vaivén de las caderas de ella.

—Tú no necesitas estudiar, Alexion —le replicó fingiendo enfurruñarse como una niña pequeña—. Todo el mundo sabe que eres el mejor alumno de tu promoción, además hoy es viernes. ¿Por qué no me llevas a almorzar, gordito? —le pidió volviendo a ese tono de voz que pretendía ser adorable, pero a él le molestaba de sobremanera.

Observó a Gustavo mientras pensaba en una excusa para librarse de Daniela. Maldición, era en esos momentos en que se arrepentía de ser tan mujeriego. ¿Hace cuánto que había terminado con ella? Hace mucho más de un año, pero habían seguido teniendo una relación. Nada seria, sin compromisos, pero una relación al fin y al cabo. Gruñó y la apartó de él suspirando de alivio cuando su miembro quedó libre de la presión de su trasero. Ella lo miró e hizo un mohín y comenzó a patalear con los pies, por lo cual supo lo que vendría a continuación, así que antes de que se pusiera a gritar como una posesa, aceptó la petición de llevarla a almorzar.

Mierda, era patético.

—Está bien, Dani, por los viejos tiempos —le contestó y suspiró al ver la sonrisa que esbozó ante su aceptación.

—Gordito, eres un amor. ¿Qué te parece si luego de almorzar nos escapamos por ahí? —le preguntó tratando de hacer nuevamente el intento de sentarse sobre su regazo, pero esta vez fue más rápido y se levantó al tiempo que recogía sus cosas y su café y le hacía señas a Gustavo para que lo siguiera.

—Cómo quieras —le contestó comenzando a caminar hacia la salida.

Ella gritó su nombre, pero Alexion fingió no escucharla. Con paso presuroso alcanzó la puerta de salida y se encontró al fin con la libertad. El frío aire de julio golpeó su rostro enviándole oleadas de placer y felicidad.

—¿Gordito, por qué no me regalas un café? —le preguntó su amigo imitando de muy mala forma la voz de Daniela.

Alexion lo miró y toda felicidad por haber alcanzado la salida sin problema se esfumó. Gustavo lo miraba con una sonrisa burlona y sus ojos azules brillaron con la anticipación de las pullas que le iba a lanzar hasta que Diego, su otro amigo, las escuchara.

—Cierra el pico, Tavo —le espetó comenzando a caminar en dirección hacia el edificio de medicina.

—Alexion, por favor, no me digas que te vas a molestar. Después de todo tú fuiste el único que se busco a ese incordio —le dijo dando en la llaga. Él lo sabía mejor que nadie, pero no necesitaba que el segundo don Juan de la escuela se lo recordara, así que se dio media vuelta y lo golpeó en la cabeza, desordenando su lindo cabello chocolate, cosa que consiguió que Gustavo se riera aun más—. Gordito, pegas como una niñita —agregó antes de quitarle el vaso de café y comenzar a bebérselo.

Alexion bufó y siguió caminando. Era obvio que todo lo que hiciera o dijera sería usado en su contra, así que mejor se mantendría callado, pero no lo logró.

—Mierda, ¿en qué me metí? —le preguntó al aire, sabiendo que Tavo le contestaría.

—En un almuerzo con la muchacha que nos e despega de ti aun cuando hayan terminado hace bastante tiempo. Eres idiota Alex, ¿cómo es posible que no puedas decirle que no? Al menos deberías tener un colador —le aconsejó su amigo lo que le valió un ataque de risa.

—Por favor, Tavo, tú menos que nadie puedes decirme que sea selectivo. Tú que te metes con cualquier cosa que lleve falda —le contestó anotándose un punto—. Pero tienes razón. Tal vez sea hora de que la pare, no quiero seguir jugando con ella. Es realmente molesta —concluyó al tiempo que entraba al edificio de medicina y tomaba la dirección que llevaba a su próxima clase. Alexion estaba en su último año de medicina y a punto de especializarse en cirugía general, era el mejor de su promoción y con un futuro bastante esperanzador.

Gustavo se puso a la par al tiempo que le guiñaba un ojo a un grupo de chicas de segundo año, que comenzaron a reírse coquetamente. Alex se volteó para mirar a su amigo y frunció el ceño, era cierto que era guapo, o al menos su hermana se lo había dicho cuando había conocido a sus amigos, pero de ahí para hacer un alboroto tan grande… lo dudaba. Bufó de aburrimiento y alcanzó el pomo de la puerta. La sala estaba vacía a excepción de Diego que los esperaba sentado en sus habituales puestos. Los dos lo saludaron, mientras se acercaban a sus sillas y se dejaban caer.

Diego los miró tras sus anteojos de marco azul marino y los interrogó con su negra mirada. Su amigo era bastante perspicaz para darse cuenta cuando tenían algo que contarle y a diferencia de ellos dos, no aprovechaba su evidente atractivo para ir tras las faldas.

—A qué no adivinas, Diego. ¿Cuál es el encantador apodo con que Daniela llama a este pelmazo? —preguntó Gustavo riéndose de antemano a la contestación de Diego.

—¿Gordito? —contestó su amigo y la carcajada de Tavo fue todo lo que se necesitó para saber que estaba en lo cierto.

Alexion rodó los ojos y bufó comenzando a aburrirse de la conversación. De un tiempo a este ya no le encontraba gracia burlarse de la falta de creatividad y de inteligencia de las mayorías de las chicas con que salía, es más ya ni siquiera sentía ganas de seguir saliendo con ese tipo de muchachas. La verdad era que sentía ganas de sentar cabeza y disfrutar de una relación larga y estable y el hecho de que su hermano Rasmus hubiese encontrado a Nicole y estuviesen a punto de casarse aumentaba sus ansias por encontrar la mujer con que compartiría el resto de su vida.

—Alexion —la voz de su amigo lo sacó de sus divagaciones.

—¿Qué? —le preguntó algo ido.

—Vaya, al parecer estás bastante emocionado con tu cita de mediodía —le respondió haciéndolo volver de golpe a la realidad.

—Bastante emocionado —contestó sin convencimiento alguno.

—Si tanto te aburre y te molesta la idea de salir con ella, por qué no te negaste —le preguntó Diego reclinándose en su asiento y masajeando su sien en un gesto de cansancio.

—También me lo pregunto —le respondió sinceramente—. Costumbre, supongo.

—Eso amigo mío, se llama calentura —sentenció Gustavo al tiempo que pasaba uno de sus definidos brazos por su hombro—. El día en que tú le digas que no a una mujer, será el día en que yo me tire del tercer piso de este edificio —sentenció comenzando a reír.

Alexion se desprendió se su abrazo y volvió a golpearlo, pero esta vez no fue nada suave consiguiendo que se callara de una buena vez.

—Entonces comienza a subir esas escaleras, hermano, porque esta tarde pienso darle calabazas definitiva —le contestó poniendo a fin la conversación al mismo tiempo que su profesor y el resto de la clase comenzaba a ingresar al salón.

—Te apoyo —agregó Diego sacando su cuaderno y sus libros de clases—. Creo que ya es hora de que ustedes dos se tranquilicen un poco.

Aquellas palabras retumbaron en su mente. Era lo mismo que él pensaba y por Dios que lo haría realidad. La verdad era que ya se había cansado de andar de un lado a otro, quería llegar a un puerto y quedarse ahí, quería que alguien domara su personalidad volátil y que contuviera el feroz viento al cual tanto se parecía.

—Que no te quepa duda, Diego —sentenció para callarse definitivamente, mientras ponía atención a la lección del día.