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miércoles, 5 de agosto de 2009

Submundo: capítulo 4

Capítulo 4:

Edgard la vio desaparecer en dirección al territorio lupino con una determinación que lo sorprendió y lo irritó a la misma vez. Se quitó el casco y se colocó las oscuras gafas, mientras se arreglaba el largo cabello. Lo trenzó y lo amarró firmemente antes de bajarse de su moto. Observó la de ella y sintió curiosidad por la máquina, nunca en su vida había visto algo igual. El Delta sí que sabía cómo producir maquinarias y armas.

Observó el camino que ella había tomado y aspiró el olor en el aire. Realmente era estúpida y descuidada. Estaba sangrando. Su olor era penetrante e insoportablemente exquisito, así no tardaría en despertar la alarma en los cambia formas, si es que ya no lo había hecho ya. Era un peligro para ella misma y para quienes la rodeaban y no sabía por qué le preocupaba.

Se bajó de su moto y la dejó parada, odiaba el hecho de tener que desprenderse de ella, pero no podría meterse en ese lugar con aquella máquina.

Extendió sus sentidos hasta que la halló a unos metros al interior del frondoso y antiguo bosque. Estaba seguro que más tarde lamentaría el hecho de haberla seguido, pero era mucho más probable que sus capacidades los ayudaran a salir vivos de ese lugar. Respiró profundo y captó su fragancia, se deleitó un poco antes de lanzarse en la misma dirección que ella.

Diablos, no sabía por qué se preocupaba tanto ni por qué le importaba lo que le pudiera pasar. Eso sólo provocaba una estúpida debilidad en él que no debería tener. Se paró en seco cuando llegó hacia el linde del bosque y volvió a captar la femenina y seductora fragancia de su sangre, haciendo que sus colmillos se alargaran y que su garganta le doliera por una inesperada sed, además de que su miembro palpitara con dolorosa necesidad.

Mierda, se había excitado sólo con la fragancia de su sangre.

Se internó en el bosque y pudo sentir la presencia del renegado muy cerca de donde se encontraba la muchacha.

La pregunta era: ¿quién estaba cazando a quién?

Sintió la imperiosa necesidad de llegar a su lado lo antes posible. Era obvio que estaba en peligro y estaba seguro que no se había dado cuenta. Aunque había que reconocer que poseía unos reflejos espectaculares y unos sentidos agudos, pero la impulsividad que le había visto hasta ahora le jugaba en contra.

Se adentró sigilosamente sólo como él sabía hacerlo hasta que la divisó cerca de un árbol al otro extremo de un claro. Sintió la presencia del renegado atrás de ella y pudo apostar que ambos eran conciente de la presencia del otro, aquello lo relajó un poco, pero no del todo. Además su alarma se disparó cuando sintió cerca, muy cerca la esencia de un grupo de hombre lobos que venían a la carrera hacia donde ellos se encontraban.

Lo que pasó a continuación fue rápido y lo único a que atinó fue a lanzarse sobre ella, antes de que la bala la alcanzara, la munición quedó incrustada en el árbol y luego explotó. La luz ultravioleta se apagó de la misma forma en que iluminó el pequeño claro.

Su mente comenzó a funcionar nuevamente a una velocidad abismal. Alguien dentro del Delta estaba sirviendo de informante a este grupo, sino ¿cómo se explicaba que tuvieran en sus manos las mismas balas que supuestamente sólo la organización poseía? Bueno, vale ellos también la habían copiado, lo que demostraba aun más la inestabilidad de la institución.

Unos golpes en el pecho hicieron que bajara la vista y apenas lo hizo se encontró con los ojos verdes avellana de ella que lo miraban con irritación, asombro y algo de admiración.

—Eres una imprudente —le dijo casi gritándole y todo deje de admiración que pudiese haber guardado sus ojos se esfumó, siendo reemplazado por una dosis nueva de irritación.

Ella lo empujó, pero no logró moverlo, fue entonces que le habló.

—Se escapa, bastardo. Sal de encima mío —exclamó mientras hacía acopio para moverlo. Aquella muchacha tendría que aprender a hablarle mejor.

No supo que lo impulsó a ser desagradable, pero para no darle en el gusto se quedó sobre ella, negándole el movimiento. Fue entonces que pudo sentir las curvas de su cuerpo pegado al suyo y tuvo que reprimir un gemido. Si no hubiesen estado en una situación tan peligrosa, le hubiese arrebatado aquel pedazo de tela y la hubiese poseído ahí mismo, pero podía sentir cerca de ellos al grupo de cambia formas, así que la levantó y la sujetó muy cerca de él, sin poder evitar recibir por el camino un golpe en su pecho.

—Quédate quieta —le ordenó, mientras la giraba dejando su espalda pegada a su pecho y no pasó por alto el gemido que dejaba escapar ella. Sonrió mentalmente, mientras se preparaba para comenzar a torturarla.

—Que te jodan —le espetó ella.

—Tendrás que cuidar esa boca, niñita —le dijo y comenzó a quitarle la garra retractil que tenía en su muñeca izquierda sin que ella no opusiera resistencia.

Nione no supo en qué momento se halló bajo aquel gran cuerpo masculino viendo el rostro más arrollador que nunca antes había visto. Se quedó por un largo momento sin palabras y sumamente quieta observando la bala que podría haber colisionado con su cabeza, hasta que recobró la compostura y lo increpó, pero él se demostró sumamente desagradable.

Llevaba gafas oscuras ocultando su mirada, poseía un largo cabello negro que llevaba trenzado y olía exóticamente masculino. Aquello la desesperó junto con el rastro que se alejaba, así que lo increpó, pero lo único que consiguió fue que él la levantara y la girara para comenzar a quitarle las armas.

—¿Qué haces? —se oyó preguntar con voz temblorosa cuando el levantó su falda y agarró las dagas que llevaba oculta bajo el vestido—. Deja de tocarme, idiota —exclamó cuando él sacó la segunda daga y la lanzó junto a la primera y a su garra de plata.

Él aumentó el agarre alrededor de su cuello y se demoró en su pierna antes de tomar la beretta y sacarla de un tirón.

—Shh…, niñita, no te estoy tocando como piensas. No me interesan las adolescentes —se burló de ella, por lo cual sintió la cólera arder en su interior, comenzó a removerse y se detuvo cuando sintió la presión de su entrepierna en su espalda.

—Estás enfermo, bastardo —le espetó y él pareció quedarse quieto y mudo por un momento, pero volvió a levantar la falda para extraer las municiones y las lanzó con más fuerza hacia el mismo destino de su armamento.

Sin quitar el agarre sobre ella comenzó a quitarse sus propias armas. No entendía por qué lo estaba haciendo. Sacó del interior de su chaqueta un par de pistolas que no pudo reconocer y carga similares a la que llevaba ella.

—¿Por qué tienes esas balas? Y ¿por qué nos estás desarmando? —le preguntó con exasperación.

Él extrajo del interior de sus pantalones alrededor de sus piernas tres dagas con incrustaciones de piedras preciosas y las lanzó en la misma dirección.

—Si no te has dado cuenta estamos siendo rodeados por los cambia formas, princesita. Lo mejor en estos momentos es mostrarnos amigables, niñita —le contestó de mal humor, entonces ella se dio cuenta que la presencia de los lupinos estaba muy cerca.

No tuvieron que esperar mucho más hasta que los ojos de ellos comenzaron a brillar entre los árboles y un aullido rompió la noche, cosa que la hizo temblar. Él se acercó hasta su oído y le susurró algo que a duras penas logró comprender, pero su cuerpo entero reaccionó ante aquel gesto.

—Quédate quieta, princesita —le dijo—. Tu sangre los ha atraído como moscas a la miel y ya sabes lo territoriales que son. Está claro que no están nada de contentos con tener visitantes inesperados —agregó y se acordó de las heridas de sus pies desnudos y maldijo su descuido. Había estado demasiado preocupada por dar caza al renegado que se había olvidado de aquel gran detalle. —Vaya, al fin te diste cuenta de tu estupidez —le murmuró él haciendo que la ira volviera a apoderarse de ella.

Estaba a punto de replicarle cuando fue cortada de lleno por una voz en su mente, una voz que reconoció de Damian, el cazador que la había acompañado en su cacería hace un día atrás.

—Vampiresa, creí que tenías más respeto por nuestras costumbres —escupió.

Quiso responder, pero el agarre en su hombro se intensificó lo que le dio la idea de que a él también le estaban hablando y lo confirmó con creces cuando respondió por ella.

—Lo sentimos, Damian hijo de Dánsalo. Nuestra intención nunca fue invadir su territorio —le contestó el odioso y ella no pudo evitar sorprenderse de que conociera al hombre lobo. —Pero un asunto importante nos impulsó a internarnos en el tumulto, corriendo el riesgo de molestarlos —agregó con una voz sumamente calmada.

—Eso deberán hablarlo con Randall, Setti —le contestó Damian. Al fin supo cómo se llamaba aquel imbécil.

—Nos harías un favor si lo llamaras —se aventuró ella. Randall había demostrado simpatía cuando había hablado con él hace cinco días—. El renegado nuevamente se ha internado en estas tierras. Estoy de caza —agregó.

—Lo sabemos. Un grupo de nosotros ya ha ido por él, esta vez no saldrá de estas tierras, vampiresa, y ustedes tampoco lo harían si no fuera por Randall que viene en camino —le contestó el lobo.

Fue entonces que se relajó algo. Randall la escucharía antes de atacar. Sintió nuevamente el agarre de Setti sobre sus hombros y su boca peligrosamente cerca de su oído.

—Pareces tenerle confianza a Randall —le murmuró con fastidio en la voz.

—No es de tu incumbencia, Setti —le contestó con frialdad, pero consiguió que él soltara una suave carcajada que la irritó aun más.

—Tienes agallas, rastreadora —le dijo antes de fijar su vista entre los árboles, ella hizo lo mismo porque sintió la presencia del lobo.

Sólo pasaron unos segundos antes de que apareciera ante ellos, los ojos verdes grisáceos de Randall, para luego aparecer su gran cuerpo de lobo y quedar frente a ellos. Su pelaje dorado brillaba con la luz de la luna, y sus ojos los examinaba divertidamente. En un pestañear cambió de forma hasta quedar frente a ellos como un humano de alrededor de 2 metros. Su cabellera dorada y larga le caía sobre su masculino rostro y sus ojos verdes grisáceos se iluminaron con un brillo al reconocerla, le sonrió y extendió sus brazos en señal de bienvenida.

—Nione, estás herida —le dijo y sintió la tensión que se apoderó de su improvisado protector, levantó la mirada, pero no fue capaz de dilucidar lo que su estoico rostro escondía—. Mis chicos están vueltos locos con el olor de tu sangre y yo me uno a ellos. Debemos hacer algo al respecto, ¿me dejarás curarte? —le preguntó y el agarre alrededor de su hombro se intensificó y su boca volvió a descender hacia su oído.

—Ni se te ocurra aceptar —le susurró con la voz inesperadamente tensa. Estaba segura que si no tuviera las gafas puesta sería posible ver como fulminaba con la mirada a Randall. La pregunta era el por qué.

martes, 4 de agosto de 2009

Submundo: capítulo 3

Capítulo 3:

Nione despertó por instinto y además porque su garganta le dolía, señal de que debía alimentarse. Se levantó con paso perezoso y se dirigió hacia el Frigo bar y extrajo una pequeña bolsa de sangre. No tenía tiempo para calentarla, así que para su pesar se la bebió helada. No había nada como la sangre fresca de una presa recién cazada, pero ya no le era posible emprender una cacería porque ya no poseía de mucho tiempo.
Se bebió una segunda bolsa y estuvo a punto de escupirla, era insípida y sin consistencia, pero era lo que había.
Se dirigió hacia el baño y se metió bajo la ducha. Estaba claro que ya era de noche, así que debía prepararse para le bendita fiesta. Se envolvió en la mullida toalla blanca y volvió a salir a su habitación en donde se encontró con una muchacha nueva. Ella la miró y le sonrió con respeto y admiración, en sus manos tenía un colgador con un lindo vestido verde avellana que combinaría con sus ojos, y en la otra mano tenía unos lindos zapatos con tacón. Bufó, odiaba los tacones.
—Me enviaron a que le entregara el vestido —le dijo la muchacha con una voz bastante dulce—. ¿Desea que le ayude a colocárselo? —le preguntó.
Nione observó el traje y vio que era ajustado en la parte del pecho y luego caía armoniosamente hasta un poco antes de las rodillas.
—No será necesario —le contestó—. Ya me las arreglaré. Gracias de todas formas —agregó antes de despacharla.
Cuando quedó sola volvió a ver el vestido, con esa cosita no podría ocultar muchas armas, tendría que colocarse unas tiras de cuero alrededor de sus muslos, una para guardar una de sus berettas y otra para al menos dos dagas. Se giró hacia el armario y comenzó a rebuscar en buscas de esas tiras hasta que las halló en el rincón más oscuro, las sacó y las lanzó hacia la cama, luego sacó un bolso que cabría en su moto, lo lanzó a la cama y sacó su típico atuendo y la lanzó también a la cama.
Se levantó y comenzó a vestirse con sus típicos pantalones negros y el top del mismo color, digamos que su guardarropa no era muy colorido. Estaba más que claro que no podría irse con el vestido y con tacones en su moto, se cambiaría allá y si no pues… se guardaría los comentarios. Terminó de vestirse, por lo cual guardó con sumo cuidado el vestido y los zapatos, guardó otro juego de dagas y sus garras retractiles en caso de, y también un par de cargas de balas de plata y de luz, y luego se enfundó las berettas, tomó su abrigo y salió.
Caminó en dirección hacia el estacionamiento del complejo y guardó el bolso en el compartimiento de su moto. La observó y sonrió satisfecha, su lindo juguete era un capricho, completamente negra y echa para la velocidad, se adaptaba perfectamente a su cuerpo. Tomó el casco y se lo colocó, era en esos momentos en que se sentía en paz con el mundo. Se subió y echó a andar el motor que rugió inundando el silencioso lugar. Pasó los cambios y se internó en la oscura noche.
La carretera le dio el frío y acostumbrado recibimiento, pero a ella no le importó. De buena ganas se hubiese sacado el casco para disfrutar de la brisa nocturna, pero se contuvo. Se maldijo al acordarse de que no había cogido su reproductor de música. Lo mejor de conducir era olvidarse de todo y de todos, ¿y qué mejor que una melodía a acorde con la situación?
Aceleró las últimas cuadras, disfrutando de sobremanera la velocidad y la intensidad del sonido del motor, antes de detenerse con un limpio movimiento antes las exquisita y opulenta mansión del príncipe regente. Se bajó de la moto y se sacó el casco, dejándolo sobre el asiento, luego tomó el bolso y se adentró en el camino de piedra.
Cuando llegó a la puerta un guardia la detuvo y le pidió su nombre, sin antes darle un vistazo a su vestimenta.
—Señorita, aún es muy temprano. La fiesta no empieza hasta dentro de una hora y además ¿piensa ingresar así al lugar? —le preguntó con cierta burla en la voz, además de la mirada que le dio, como si fuese un bicho raro que no encajara para nada con la riqueza del lugar. Ella bufó, antes de perforarlo con su verde mirada, el guardia se quedó inmediatamente callado.
—Señor, soy Nione Caspell, cazadora y rastreadora del Delta con derecho a ejecución si la situación la amerita. Estoy aquí no para disfrutar de la fiesta, sino para cuidar el trasero de tu jefe, así que hazte a un lado y déjame pasar —le contestó coronando sus palabras con una magnífica sonrisa y mostrándole con sutil prepotencia su identificación.
El gran hombre pareció sorprendido y algo cohibido al ver su credencial. Pestañó y se disculpó con torpes palabras. Comenzó a hacerse a un lado cuando una voz masculina lo detuvo, por lo cual Nione no pudo evitar sonreír.
—Tariq, debería despedirte inmediatamente. ¿Cómo es posible que seas tan negligente en tu trabajo? —le preguntó un macho que salía en ese mismo instante de la gran mansión. Nione lo reconoció aun antes de verlo. Su voz era especial y tan familiar como respirar.
—Lo… lo siento, señor —tartamudeó el pobre guardia, por lo cual Nio decidió intervenir.
—Déjalo, Ossian —le dijo al hombre que para ese entonces ya estaba en el umbral. Su sonrisa iluminaba su rostro y sus ojos pardos apenas escondían la edad que realmente poseía, sin embargo, todo en él era refrescantemente joven, desde su hermoso rostro hasta su bien formado cuerpo, además de su inusual estilo. Parecía un chico sacado de una de las playas de veraneo. Nada en él, a excepción de sus ojos delataba que era el cuarto anciano fundador del Delta y el primer hijo de Angelo, el quinto hermano en línea directa con el primero de todos—. Te eché de menos hoy en el concejo —agregó y la risa de él se intensificó.
—Bien, Tariq, la señorita te ha salvado; pero procura hacer mejor tu trabajo —se dirigió al gran hombre mientras le pasaba uno de sus brazos por el hombro y la dirigía al interior—. Deberías haberme seguido el juego, es lo más entretenido ponerlo nervioso —le contó, mientras la guiaba hacia al interior de la mansión.
Nione frunció el ceño en señal de desaprobación, definitivamente este anciano no tenía nada de viejo, se comportaba como un chiquillo recién convertido.
—Deberías comportarte, Ossian. ¿Cómo se te ocurre poner nerviosos a uno de los guardias? —lo reprendió gentilmente y él colocó cara de inocente mientras se pasaba la mano por su trigueño cabello.
—Tienes razón, no es conveniente ponerlo nervioso, después puede que haga mal su trabajo, ¿verdad? —le preguntó con falsa preocupación y ella suspiró resignada—. Estaba algo aburrido la verdad, estoy aquí desde la mañana, los tres ancianito me encargaron la seguridad del lugar y bueno… ya me comenzaba a aburrir.
—Tú también eres un anciano —le contestó ella y tuvo que reprimir la risa al ver la cara de horror que colocaba Ossian.
—Muérdete la lengua, hereje —le espetó—. No vuelvas a llamarme viejo nunca más —le dijo apuntándola con el dedo—, campana —concluyó y a ella se le borró la sonrisa siendo reemplazada por un suspiro de resignación.
—Otro más —dejó escapar aun antes de darse cuenta de lo que estaba diciendo.
—¿Quién más te dijo campana? —le preguntó él fijando sus pardos ojos en los de ella.
Nione se mordió la lengua antes de contestar, no podía decirle que había hablado con Agustín, en teoría nadie del Delta podía hablar con él.
—Ya sabes, Agustín solía decírmelo cuando tenía impregnado el olor dulzón de los Fae —le contestó lo más natural que pudo y él pareció tragarse el cuento, porque volvió a recuperar la risueña sonrisa.
—Pues aprendió del mejor —le dijo, dándose aires de superioridad.
Y ella comprendió, ¿cómo no se le había ocurrido antes?
—Oh… creo que estoy perdiendo facultades. Era tan obvio, el estilo es demasiado similar, si hasta parecen hermanos. Ya decía yo que debía tener un maestro, pero Agustín nunca lo asumió.
Ossian le sonrió con esa risa que decía Sí-pero-yo-soy-mucho-mejor.
—Claro, pero yo soy el más guapo de los dos, el más inteligente, el más carismático y definitivamente el más poderoso y el que tiene más admiradoras o al menos así era hasta que el muchachín desapareció —concluyó con tono tristón.
Ella lo abrazó de la cintura y siguieron caminando hasta que ingresaron al salón de baile. El lugar estaba decorado con los colores de la casa regente y con el escudo de armas de Eric. Los tonos dorados y azules se combinaban armoniosamente para no recargar las decoraciones. Había un gran ajetreo, retocando los últimos detalles. Nione miró a Ossian y vio que suspiraba de aburrimiento.
—No se te ve para nada contento. —Él volvió su mirada hacia ella y le guiñó un ojo, haciéndolo ver aun más encantador.
—La verdad es que odio tener que hacer de organizador, pero los ancianitos se pusieron algo pesados, así que tuve que venir a hacer de guardián —le contó, mientras le mostraba el gran salón.
Nione se grabó cada uno de los rincones en su mente y cada una de las salidas, revisó la cocina y revisó las distintas habitaciones que conformaban la gran mansión, cuando acabó Ossian la esperaba en el rellano, quedaban al menos diez minutos antes de que los invitados comenzaran a llegar y ella todavía iba vestida con su ropa normal, debía cambiarse más que rápido, Eric estaba a punto de bajar y se suponía que ella era su guardaespaldas.
Ossian le sonrió y ella lo observó de pies a cabeza, iba impecablemente vestido con el traje de gala y los colores que representaban a su casa, además con la insignia que indicaba su estatus como fundador del Delta.
—Amor, si no te apuras se te hará tarde —le dijo y estuvo segura que disfrutó con su evidente frustración frente a lo inevitable—. Una de las doncellas te ayudará a cambiarte. ¿Cómo se te ocurrió meter un costoso vestido a un pequeño bolso? —le preguntó haciéndose el indignado.
Ella bufó ante el comentario, pero no dijo nada, lo siguió en silencio. Llegaron antes una de las tantas habitaciones que ella había revisado con anterioridad y la hizo entrar, antes de dejarla con una menuda empleada, le guiñó un ojo, mientras se arreglaba una de las tantas condecoraciones que indicaban sus logros al servicio de la raza.
—Florcita, tienes cinco minutos para estar lista. Debes estar abajo cuando Eric haga su entrada y eso será en diez minutos —le dijo y le lanzó un beso mientras cerraba la puerta y la dejaba a merced de aquella muchacha que ya tenía el vestido en la mano y la miraba con cara de policía. Tragó saliva y se entregó a lo inevitable. Definitivamente odiaba los tacones.
En menos de cinco minutos estaba lista, maquillada y peinada, además de pulcramente vestida. Dios, era una tortura sentirse con ese vestido que era demasiado incómodo. Tan vaporoso y delgado que dudaba que cubriera algo. Despachó a la doncella y se dispuso a esconder las armas que llevaría. Sacó las tiras y las amarró una en cada muslo y las fijó lo suficiente para que no molestaran y para que no se soltaran. Luego colocó la pistola en un lado con un juego de balas de luz, y en la otra tira colocó dos dagas de plata, si llegase a suceder algo demasiado grande, sólo contaría con sus habilidades vampíricas, el vestido no le permitía llevar ningún arma más.
Se calzó las incómodas sandalias plateadas, que hacían juego con los adornos plateados del vestido, y se lanzó corriendo por el corredor, llevaba dos minutos de retraso. Estaba a punto de llegar a la escalera cuando al doblar chocó con un fuerte cuerpo masculino, estuvo a punto de caerse si no hubiese sido por los reflejos del macho que la sostuvieron firmemente. Ella alzó los ojos y se encontró con una mirada plateada y un rostro que se le hacía familiar. Tardó un segundo en reconocer a quién pertenecían aquellos rasgos aristocráticos y aquella cabellera rubia platinada.
—Lo… lo siento, príncipe —logró articular antes de descender su mirada y comprobar que era él al ver su atuendo que indicaba su casta real. El escudo de armas estaba bordado en oro y azul, sobre su brazo izquierdo—. Soy Nione Caspell, su guardaespaldas —le dijo haciendo una reverencia.
Eric la observó y se detuvo en cada detalle de su ropa antes de dejar escapar una encantadora carcajada que llamó la atención de su séquito.
—Un gusto, Nione, pero no deberías correr así por los pasillos, ¿qué pasaría si te lastimas? Serías incapaz de protegerme y eso a mí no me gustaría —le contestó mientras la obligaba a enderezarse y la tomaba del brazo para guiarla hacia el salón.
Estaba metida en una grande, se suponía que debía cuidarlo, pero eso no incluía tener que bajar con él. Odió el hecho de haberse atrasado, la suerte estaba lanzada.

Edgard aparcó su moto al llegar a la ostentosa mansión y maldijo cuando vio apoyado en su coche a Agustín que lo esperaba con esa sonrisita suya de que se lo estaba pasando en grande.
Se quitó el casco y se bajó sin antes maldecir quizás por centésima vez a su sonriente compañero. Se encaminó en dirección hacia él procurando fulminarlo con la mirada, pero Agustín no quitó su sonrisa del rostro, luego comprobaría por qué. Al llegar a su lado este le tendió un pequeño aparatito que reconoció como un comunicador. Genial, Dante y Levi estaban por ahí.
—Al menos deberías haber comprado una camisa de un color distinto, Setti, y también deberías haberte comprado una corbata —le dijo Agustín mientras se metía la mano en uno de sus costosos bolsillos y sacaba una tira de seda. El maldito le había llevado una corbata de color verde musgo. Dios, bastante había hecho colocándose zapatos de gala y un esmoquin para la ocasión, además de una camisa, aquello no le permitiría mucha movilidad.
—Que te jodan —le contestó antes de quitarle la bendita corbata y comenzar a lidiar con ella. Luego que se la colocó fulminó con la mirada a Agustín quien le indicó que se pusiera el comunicador, en silencio se lo colocó y apenas lo hizo, oyó las risas de Dante y de Levi. Volvió a maldecir, cada vez estaba de más mal humor—. Levi, mejor borra esa sonrisa de tu rostro, podrías haber sido tú el que se hubiese tenido que vestir de gala —le dijo e inmediatamente la risa de Pasek se esfumó, sin embargo, la de Dante se intensificó—. Y tú, Dante, mejor cállate si no quieres que rompas tu nuevo juguete.
—No te atreverías, Setti —le contestó más bien en tono de pregunta que de afirmación y el sonrió maléficamente.
—Ponme a prueba, Pandales, y verás —lo amenazó sutilmente mientras veía a Agustín arreglarse su corbata burdeo.
—¿Por qué no elegiste lentillas de algún otro color, Ed? Mucho negro tiende a ser aburrido —le dijo Agustín mientras se ponía en marcha hacia la entrada de la mansión, donde ya un pequeño grupo de aristócratas estaba reunido.
—Mejor tú también cierras tu boca, ya bastante hice teniendo que meterme en un traje de gala para asistir a esta tonta fiesta. Además hasta donde yo sé, no venimos a divertirnos, sino que vinimos a trabajar y mientras menos levantemos las miradas hacia nosotros, mejor —concluyó en un susurro mientras avanzaban los últimos metros hasta la entrada.
—Yo creo que eso de por sí es difícil, Setti —le contestó su amigo indicando a su alrededor. Mucha de las mujeres no despegaban sus ojos sobre ellos, bufó fastidiado, era por eso que odiaba las multitudes—. Edgard, por favor, te haría bien mostrarte un poco más dócil, pareciera que fueras a morder en cualquier momento —le dijo su compañero.
—Tú sabes por qué no me gusta que se fijen mucho en mí, Recart —le contestó cortando todo tipo de represalia.
Agustín entregó las invitaciones al guardia de turno, las cuales estaba seguro las había falsificado Dante, así que era sólo cosa de esperar que confirmara los datos en la lista electrónica que tenía. El Delta estaba perdiendo facultades, era verdad que Pandales era experto en franquear sistemas sumamente protegidos, pero eso no quitaba que otro también lo pudiera hacer y colarse en la fiesta como ellos lo estaban haciendo.
El guardia confirmó sus identificaciones igualmente falsas y los dejó pasar. Entraron justo cuando estaba a punto de bajar Eric y su séquito, inmediatamente se separaron ambos, con una rapidez que no permitió que nadie se diera cuenta de lo que habían hecho. Él se escondió cerca de unas cortinas con los colores de la casa real y fijó su vista al otro extremo en donde estaba Agustín con la vista fija en la escalera. Su expresión cambió a la de sorpresa y luego a una de diversión claramente marcada. Edgard llevó su mirada hacia la dirección en que su amigo observaba y por un momento se quedó sin respiración. Eric bajaba acompañado de una beldad, nunca en su vida había visto una mujer igual. No era muy alta, pero era hermosa, con un largo cabello negro azabache que llevaba en un simple peinado, pero que resaltaba el verde de sus ojos, y vestida con un hermoso y sensual vestido del mismo color que el de su mirada. Ella pareció notar su escrutinio, porque inconcientemente llevó su mirada hacia el rincón en donde se encontraba escondido, pero él estaba seguro que no podría verlo, su camuflaje y su sigilo eran excelentes; sin embargo, se llevó la segunda sorpresa de la noche: ella no despegó la mirada en su dirección y por su rostro cruzó una señal de sorpresa que fue rápidamente oculta tras una máscara de estoicismo. Mierda, si ella lo había visto, entonces significaba que no era una simple acompañante. Entonces una idea cruzó por su cabeza al volver a fijar sus ojos en donde se encontraba su amigo, quien se había unido a la fiesta y observaba a la muchacha con demasiada familiaridad.
¿Sería posible que ella fuera la famosa chiquilla de la cual tanto hablaba Agustín?
Sus sospechas se confirmaron cuando la voz de su compañero llegó hasta él por medio del comunicador.
—No sabía que Nione estaría aquí esta noche. Vaya qué cambio ha tenido —le dijo Agustín y él sólo atinó a soltar el aire que había contenido desde que la había visto aparecer.

Nione sintió sobre sí las miradas de todos los presentes. La nobleza estaba en pleno y la miraban tratando de dilucidar quién era la extraña que acompañaba a su príncipe. Dejó vagar la mirada por el salón y sintió un extraño nudo en el estómago. Se estaba poniendo nerviosa así que si no bajaban pronto y se unían a la muchedumbre no podría evitar salir corriendo, bueno, quizás estuviese exagerando un poco, porque ella nunca se escabullía ni se aminoraba ante nada, pero de verdad que ahora se sentía algo cohibida.
Comenzaron a bajar muy lentamente, demasiado y odiosamente lento. Eric posó una de sus manos sobre la de ella y se la apretó ligeramente para infundirle valor o tranquilidad, no estaba segura y digamos que no le importaba gran cosa, así que simplemente le sonrió algo tímidamente, sonrisa que él le devolvió tan impecablemente como todo en él.
Al segundo escalón sintió una mirada penetrante sobre ella, cosa que le pareció inverosímil porque todas las miradas del salón estaban fija sobre su persona, sin embargo, era real, así que disimuladamente dejó vagar su vista por sobre la multitud a medida que esperaba que Eric volviese a bajar otro escalón, hasta que halló de donde provenía el incesante escrutinio.
Fijó sus ojos en un rincón que estaba demasiado oscuro por las sombras que proyectaban las cortinas azules y doradas y sintió su presencia, no podía ver quien era el dueño de esa mirada tan penetrante, pero sabía que estaba ahí. Se sintió algo nerviosa y sintió que el pulso se le aceleraba un tanto, pero logró controlarlo justo a tiempo de bajar definitivamente.
Inmediatamente se vieron envueltos por grupos elitista que querían a hablar con Eric. Intentó desprenderse y alejarse un poco, con tanta gente no podía hacer su trabajo. La estancia era grande, así que para vigilarla debía encontrar un punto alejado de la muchedumbre; sin duda que estar demasiado cerca de Eric le significaba una desventaja frente a cualquier posible atacante.
Comenzó a alejarse, pero las manos de Eric la detuvieron, ella lo miró, pero él no la observaba, lo que se hizo preguntarse qué era lo que pretendía. Su pregunta fue inmediatamente respondida cuando él con gesto elegante despidió a sus interlocutores y se acercó para susurrarle al oído. Aquel fue el detonante que necesitaba para querer salir huyendo de ahí, se sentía demasiado intimidada y cohibida.
—¿Me darás el honor de bailar conmigo la primera pieza de la noche, Nione? —le preguntó y aun antes de que ella pudiera contestarle que no había ido ahí para bailar, Eric la había llevado hacia el centro de la habitación justo en el momento que comenzaba a sonar la dulce melodía, en un abrir y cerrar de ojos se vio dando vuelta por la pista de bailes, sin saber cómo detener aquello.
—Príncipe, yo no vine a bailar, vine a trabajar. Se supone que debería estar vigilando la sala mientras usted se divierte —replicó y él soltó una suave carcajada, mientras la giraba al ritmo de la música.
—Me estás vigilando mientras me divierto —le contestó—. Creo que es mucho mejor que te mantengas cerca de mí así puedes hacer mejor tu trabajo —agregó.
Nione quiso replicar, pero cualquier palabra que soltó se perdió cuando la multitud comenzó a unirse a la danza. Todo se había complicado. Quiso gritar, cosa excepcional porque rara vez perdía la paciencia, pero eso se estaba yendo de las manos.
—Relájese, señorita Caspell, y disfrute —le murmuró Eric.
Decidió terminar ese baile, pero cuando acabara le dejaría claro que volvería a su trabajo y que se buscara una nueva pareja de baile. Estaba segura que habrían muchas damas que se pelearían por estar en su lugar, y ella lo hubiese disfrutado si hubiese sido otra la situación. Sin embargo, la oportunidad de volver a la rutina se le presentó mucho antes de que la música acabara: a su auxilio llegó Ossian que le pidió a Eric un cambio de pareja. El príncipe frunció el ceño, pero luego aceptó de buenas ganas, tomando a su nueva pareja se alejó de ellos.
—Vaya, florcita, sí que has robado muchas miradas estas noche incluyendo a Eric —le dijo, mientras sutilmente la sacaba de la pista de baile—. La verdad es que yo también estoy sorprendido, nunca te había visto con vestido y debo decir que te favorece —agregó al llegar a la periferia del salón.
—Gracias —logró decirle mientras recuperaba la compostura.
—Te veías cohibida, otra sorpresa para mí, además creo que lo mejor es que te mantengas lejos de Eric, así harás un mejor trabajo —le contestó y le dio un beso fraternal en la frente, un gesto que le recordó a Agustín—. ¿Quizás quieras una copa? —le preguntó mientras le quitaba una copa de sangre a un camarero y se la tendía— bebe —le ordenó antes de desaparecer entre la multitud.
Nione observó la copa que tenía entre las manos y decidió que no se le antojaba, así que la dejó sobre una bandeja vacía de otro garzón que cruzó ante sí. Suspiró y volvió a su careta estoica y dejó vagar su vista por el atestado salón, extendió sus sentidos para alcanzar la sala completa. Estaba concentradísima cuando sintió nuevamente la presencia de su observador muy cerca de ella, justo atrás. Estaba a punto de girarse cuando su alerta se disparó. Todo sucedió en par de segundos, se olvidó de la presencia que se encontraba a su espalda y sin pensárselo se lanzó hacia el centro de la pista en donde se encontraba Eric bailando con una hermosa mujer. No tuvo tiempo de lanzar a la dama al suelo, por lo cual sólo cayó encima de Eric, mientras la bala colisionaba con una sorprendida noble y la multitud explotaba en gritos y murmullos de sorpresa. La condenada explotó en cenizas cuando la bala, que ella conocía tan bien, explotó en su interior, un resplandor de luz azulada salió de sus ojos y boca antes de incinerarse por completo. Ella simplemente atinó a ocultar la vista ante el resplandor.
En cámara lenta observó el rostro de Eric y en cámara lenta sintió el tumulto sobre ellos, vio acercarse a Ossian y a un grupo de cazadores del Delta, por lo cual ella se levantó con la misma rapidez con la que se había lanzado y sin prestar atención alguna a las advertencias de Ossi se lanzó en persecución al renegado.
Su pista era fresca y sabía que si se apuraba lo alcanzaría. El individuo estaba en el jardín, así que abriéndose paso entre la multitud salió en dirección hacia el estacionamiento. Apenas puso un pie en el rellano se sacó los tacones de una patada, le molestaban de sobremanera y no le permitían moverse con mayor rapidez. Obviando el dolor que le laceró al entrar en contacto sus pies desnudos con las piedrecillas, prácticamente saltó a su moto y la puso en marcha, siguiendo el negro auto que salió de la nada y recogió al atacante.
Estaba tan concentrada en alcanzarlo que no se percató inmediatamente que una moto muy parecida la de ella con un conductor fantasma la seguía. Se colocó el negro casco y trató de alcanzar con sus sentidos todo la que la rodeaba. Su sorpresa fue mayor cuando se dio cuenta que el que la seguía era el mismo que la había estado observando.
—Mierda —murmuró cuando la moto se colocó a la par con ella. Su presencia era tan arrolladora que por un momento se sintió sumamente perdida.
El tiempo pareció detenerse. Su inesperado acosador la miraba fijamente, lo sabía a pesar de que su rostro estaba oculto por un casco completamente negro que no dejaba ver ni siquiera sus ojos, muy similar al de ella. El aire pareció abandonarla mientras trataba de dilucidar quién podría ser. Iba vestido de gala, aunque todo en él era monótonamente negro, hasta la camisa. Exudaba sensualidad, peligro y masculinidad. Por un momento deseó fervientemente poseer el don de la telequinesis para abrirse paso en la mente de aquel extraño, pero lamentablemente no lo poseía.
Una explosión a su costado la hizo regresar abruptamente a la realidad. Por suerte poseía unos reflejos excelentes por lo cual pudo controlar su moto con maestría y no volcarse en la vacía carretera. Volvió a fijar la mirada en el coche negro y vio que de la ventana del copiloto, en donde se había subido el renegado, asomaba un arma, que estaba a punto de ser disparada nuevamente. Decidió olvidarse momentáneamente de su perseguidor y concentrarse en su presa, después de todo esa era su prioridad.
Aceleró todo lo que su vehículo le permitía y dejó rápidamente atrás al inesperado compañero y centró toda su atención en el oscuro coche que cada vez se acercaba más a ella.

Edgard maldijo quizás por décima vez cuando la vio alejarse. Era temeraria, valiente o estúpida. Aunque se inclinaba más por lo último. ¿Cómo se le ocurría cruzarse ante una bala? Podría haberle llegado a ella y ahora no la estaría contando.
La observó adelantarse con imperiosa necesidad, mientras el viento jugaba demasiado eróticamente con su pequeño vestido, levantándolo y dejando a la vista aquellas perfectas piernas. Tuvo que morderse la boca para no dejar escapar un gemido de aprobación. La belleza no le quitaba lo insensata, ahora era cuando se preguntaba si realmente esa chiquilla era tan excelente cazadora y rastreadora como para que Agustín la alabara constantemente.
Decidió mantenerse a un margen prudente de su moto, debía reconocer que tenía agallas. Lanzarse así como así en una persecución como esa, necesitaba cierta valentía, sin embargo, eso no le quitaba lo estúpida. Aunque maneja aquella monstruosidad de moto con una facilidad tal que le ganó otro punto.
Estaba tan concentrado en la pequeña figura de ella, que estuvo a punto de ser alcanzado por una segunda explosión. Ya se estaba comenzando a hastiar de aquello, iba a cortar eso de raíz; sin embargo, cuando estaba a punto de acelerar a muerte el comunicador se activó, haciéndolo disminuir un poco la velocidad. Maldijo nuevamente cuando la vio a ella acelerar otro poco, cada vez estaba más cerca del coche y demasiado lejos de él. Se sorprendió al darse cuenta que estaba algo preocupado, desechó la idea inmediatamente y se concentró en el comunicador.
—Ed… Edgard —le llegó la voz de Dante de forma entrecortada—. Ojo, puede ser una trampa. —Esta vez la comunicación se estableció correctamente.
—Sé específico —poco menos le ladró, mientras no le quitaba los ojos de encima a aquella imprudente muchachita.
—Levi y yo nos dirigimos en dirección contraria, Setti. Al mismo momento en que saliste tú y aquella beldad tras la siga del atacante un auto de las mismas características se puso en movimiento en dirección contraria. Supongo que fue para despistar, Ed, de igual forma si logramos capturarlos talvez podamos sacarles información —lo puso al idea y su mente comenzó a funcionar a mil por horas. Aquella era una conspiración. No se trataba de un simple atentado.
—Estamos frente a un grupo de terroristas entonces —masculló.
—Así parece… —la comunicación se cortó por momentos para volverse a restablecer—. Agustín se quedó en la mansión, pero cortó el comunicador. Lo mismo haremos nosotros. Es hora de que comience la fiesta, hermano. Si logras pillarlos, hazlos cantar —le dijo Dante.
—Bien… Si esta cacería sigue, pronto me veré en territorio Lycan —le comunicó.
—Algo tiene que ver eso, Setti. Nosotros nos dirigimos directo a territorio Fae —le contestó y la comunicación se volvió a perder, pero esta vez fue definitiva.
Edgard volvió a maldecir y lo hizo por segunda vez cuando vio que la insensata comenzaba a sacar algo de la moto.
—Mierda —exclamó cuando la vio lanzarse en una carrera desesperada hasta darle alcance definitivo al coche negro.

Nione se olvidó completamente de quien la seguía y se centró en el automóvil que cada vez estaba más cerca. Por segunda vez en la noche tuvo que esquivar una nueva detonación.
No fue indiferente que con cada segundo se acercaban cada vez más a los límites de los cambia formas, si seguían así muy pronto se hallarían en los territorios de Randall y a pesar de que la carretera fuera un punto neutro, de igual forma no era conveniente dejarse caer en los bosques de los hombre lobos sin un permiso ni una invitación previa. Los Lycan eran sumamente territoriales, incluso más que los Fae.
Sentía el viento en su cuerpo y veía pasar los valles y las colinas a una velocidad abismal, estaba casi al borde de la capacidad de su moto, por lo cual tenía sólo una oportunidad más para darle caza al renegado. Pues bien era hora de que ella contraatacara, así que soltando una de sus manos presionó el teclado que programaba las funciones de su juguete.
Movió sus dedos rápidamente por sobre la pequeña consola y con un suave sonido un compartimiento secreto se abrió en el costado derecho, muy cerca de donde reposaba su pierna. Haciendo acopio de todo su equilibrio, se inclinó un poco hacia adelante, mientras soltaba su otra mano.
Comenzó a trabajar para sacar el arma que llevaba guardada en aquel espacio. Con la mano derecha la extrajo, mientras que con la otra mano sacaba las municiones. Con su pierna derecho le dio un pequeño toque al compartimiento que se cerró con el mismo suave sonido. No pudo evitar sonreír frente a la adrenalina que comenzaba a recorrer su cuerpo.
Procurando mantenerse en la posición correcta para no caerse y provocar un accidente de proporciones mayores, cargó la liviana, pero letal arma con las balas de luz ultravioleta, cuando hubo terminado volvió a agarrar el manubrio con su mano izquierda, mientras sostenía con la otra su nueva y última adquisición. Jamás hubiese pensado que la ocuparía en tal situación.
Aceleró por última vez y en menos de lo que pensaba se halló a la par con el coche. Movió su cabeza y la fijó en la ventana en la que iba el conductor. No podía ver muy bien ya que los vidrios eran polarizados así que tuvo que recurrir a una de sus habilidades para poder enfocar su objetivo y lo logró a pesar de que la imagen no era lo suficientemente nítida. Estaba segura que después de eso terminaría agotada, pero si era certera, aquellos sujetos no vivirían para contarlo.
Levantó el brazo derecho y fijo la puntería en donde estaba la cabeza del conductor, debía ser rápida para que este no alcanzara a esquivarla. Así que apenas lo tuvo en la mira disparó al mismo tiempo que reducía la velocidad. Estuvo a punto de perder el equilibrio y salirse de la carretera, pero logró mantenerlo, mientras veía y escuchaba cómo explotaba su carga al interior del coche que rápidamente se precipitó hacia la orilla.
El choque fue sumamente fuerte. El vehículo se fue contra la hilera de árboles que cercaban el lado izquierdo de la carretera. Pedazos de metal volaron cerca de su cabeza, que alcanzó a esquivar a duras penas. Para poder lograr un mejor manejo tuvo que soltar el arma y agarrarse del manubrio con las dos manos, mientras reducía la velocidad.
El coche detuvo su avance después de unos minutos y quedó completamente quieto y silencioso. Antes que Nione llegara hacia el lugar en donde había quedado, una de las puertas se abrió y pudo divisar que una sombra se movía internándose en el bosque que se extendía a varios metros del costado derecho de la carretera.
No pudo evitar maldecir cuando a su nariz llegó la esencia del renegado. El maldito bastardo nuevamente se le escapaba, pero no llegaría muy lejos. Con un derrape detuvo la moto al llegar al lado del destrozado vehículo y comprobó con satisfacción que del conductor no quedaba nada.
Observó hacia la dirección en que se iba alejando el traidor para luego ascenderla hasta el cielo, la luna llena iluminaba el pequeño valle que se perdía entre los árboles. Toda esa extensión pertenecía al tumulto de los cambia formas. Tenía dos opciones y cada una era igualmente terrible. Si se quedaba ahí, perdería una vez más al renegado, pero si se internaba, correría el riesgo de que los Lycan lo tomaran como una feroz falta de respeto. Se mordió el labio inferior mientras se debatía qué hacer, hasta que se decidió por lo último, prefería arriesgarse.
Antes de bajarse de la moto volvió a deslizar sus dedos por la pequeña consola, hasta que estableció comunicación con el Delta, el que le contestó fue Ossian.
—¿Dónde estás? —le ladró.
—Ya casi lo tengo. Te llamo para comunicarte que en las próximas horas nada sabrás de mí. Me internaré en los dominios de Randall, nuevamente escapó hacia allá —le dijo.
—Ni se te ocurra, Nione. Es una orden directa así que mejor te das media vuelta y regresas —la amenazó Ossian. Ella suspiró antes de volver a contestar.
—Volveré, pero con el renegado, ya sea vivo o muerto. Nos vemos, anciano —le contestó y cerró la comunicación.
Luego se sacó el casco y lo dejó caer a un costado. Iba a tener que dejar su querida moto ahí. Volvió a teclear sobre la consola y esta vez se abrió el compartimiento del lado izquierdo. Con un rápido movimiento extrajo una de las dos garras retractiles. Se la puso en su muñeca izquierda y se bajó de un salto.
No avanzó inmediatamente, se detuvo a mirar a quien la seguía. Ahí estaba aquel macho sobre su propia moto aún con el casco puesto, observándola. Mierda, quiso gritarle y pedirle que se explicara, pero no tenía tiempo. Si hubiese querido atacarla, lo hubiese hecho cuando ella estuvo demasiado concentrada en derribar el coche como para fijarse en cualquier otro peligro.
Se observaron por un buen rato antes de que volviera a fijar su verde mirada en la dirección en que había escapado el sujeto. Respiró hondo y obviando que no llevaba zapatos y que sólo iba vestida con un vestido y dependiendo de la buena voluntad de Randall, se internó en la oscura noche en dirección al bosque que se alzaba a unos metros de ahí.
Olvidándose definitivamente de aquel sujeto que la había seguido y del dolor que le provocaba el pisar con sus pies desnudo sobre la inhóspita tierra, en un abrir y cerrar de ojos se halló siguiendo nuevamente el rastro que ya se le hacía sumamente conocido.

Submundo: capítulo 2

Capítulo 2:

Nione caminó por el largo pasillo que conectaba los dormitorios con el Gran Hall. Sus paso apenas se sentían en cada pisada. Su andar era sigiloso y volátil. Agustín un par de veces le había dicho que cuando caminaba parecía que no tocaba el suelo. Aquello le había dado muchas ventajas al momento de la cacería y la persecución.

Cruzó la gran sala e hizo oídos sordos a los comentarios y fingió no ver a nadie, se dirigió directamente a la Habitación Azul en donde se llevaban a cabo los concilios. Llegó frente a la gran puerta de roble y respiró en forma pausada para mantener el control sobre sus emociones, no podía permitirse dejar entrever ningún tipo de expresión mientras estuviera con los ancianos.

Golpeó sutilmente y esperó a que las puertas se abrieran. No tuvo que esperar mucho cuando una voz masculina le indicó que pasara. Con mucho cuidado ingresó al lugar y con una profunda reverencia se presentó ante el concejo. Cuando levantó sus verdes ojos se encontró con que la cámara estaba ocupada sólo por los más ancianos, es decir, con los tres de los cuatros cazadores fundadores del Delta que la miraban con magnificencia y superioridad, cosa que la cabreó, pero no lo demostró, y antes de dejar salir cualquier comentario se mordió la lengua, procurando no sangrar.

—Señores —saludó con su mejor voz de inferioridad.

Los tres ancianos la miraron y le indicaron con un gesto de cabeza que tomara asiento, mientras pasaba a ocupar su escritorio un escribano profesional.

Nione observó la pequeña sala y vio que al parecer no se uniría nadie más a la reunión, cosa que le pareció rara, después de todo cada vez que un rastreador daba cuenta de sus progresos y sus retrocesos, el concilio se reunía en pleno.

Observó a los tres ancianos mientras se dirigía su puesto. El que parecía tener más edad de todos ellos estaba sentado al centro, físicamente representaba unos cincuenta años, seguramente la edad que tenía cuando fue abrazado, pero sus grises ojos representaban el milenio o acaso los dos milenios que poseía. El que le seguía también rondaba los cincuenta, pero sus ojos eran sólo un poco más jóvenes que el primero. Asimismo el tercer anciano era físicamente algo más joven alrededor de los cuarenta, pero sus oscuros ojos cafés delataban su edad original.

—Toma asiento, Nione —habló el segundo al mando.

Nione al fin se sentó en la costosa y antigua silla y tuvo que contenerse de preguntar el por qué de esa reunión tan inusual. Era muy mal visto que los cazadores cuestionaran la forma en que la directiva de los ancianos más influyente llevaba las cosas. Sin embargo, el más joven pareció entrever la duda en su rostro porque inmediatamente le contestó.

—Vampiresa, el resto está arreglando unas cosas para esta noche, así que sólo nosotros tomaremos tu declaración, espero que no te moleste —le habló con la usual fría calma que caracterizaba a Giovanni, hijo de Samuel el cuarto hermano en línea directa con el primer príncipe de la raza vampírica.

Nione asintió en silencio y fijó su mirada en el escribano que no paraba de tomar nota. Por una extraña razón se sintió incómoda e inquieta, algo ahí no iba bien, pero no sabía qué; sin embargo, su instinto gritaba para que le hiciese caso.

—Nione Caspell —la llamó el primer anciano, con esa voz rasposa que infundía miedo y temor en sus iguales. Noctis el más antiguo incluso de la raza vampírica, creado por el segundo en la línea de sucesión al trono, era por eso que no reinaba. Eric había sido abrazado por el sucesor del primer príncipe y por eso tenía el derecho a reinar sobre el resto de sus iguales, a pesar de sus casi quinientos años que lo hacían apenas un muchacho para los ojos de los tres ancianos que tenía ante sí. Hizo una pequeña reverencia con su cabeza indicando respeto; el anciano continuó—. Los rumores se extienden rápido —le dijo por lo cual supo por donde iba el asunto—. Se dice que de progreso no has tenido nada, vampiresa —la acusó muy suavemente, demasiado suavemente.

Estaba dispuesta a hablar, pero el segundo anciano la interrumpió. Cristopher, hijo de Anís la segunda hermana en línea directa con el primero de todos ellos.

—Se dice que a pesar de que contaste con la ayuda de los cazadores de Randall aun así perdiste la pista del renegado, del traidor que osó levantar la mano contra su príncipe.

Frente a eso sólo le quedó asentir con un débil movimiento de cabeza.

—Comenzaré con mi reporte, si ustedes lo permiten, claro —les dijo y los ancianos intercambiaron un par de miradas entre sí, para luego dar su autorización—. Salí de aquí la misma noche en que el príncipe Eric fue atacado, siguiendo una pista que me llevó hasta los dominios del rey Fae, después de tres días el rastro se ensució y se perdió dejándome en nada. Volví hasta las instalaciones para descansar un poco y dar mi primer informe con el cual ustedes cuentan —les dijo y los ancianos volvieron a asentir nuevamente—. Sólo estuve un par de horas los cuales ocupé para darme un baño rápido, alimentarme y dormir algo, para luego salir tras una nueva pista que fue dada por uno de los rastreadores de turno. Esta vez el rastro me llevó hacia el tumulto de los cambia formas. Su líder Randall, se mostró encantado en colaborar por lo cual me facilitó a tres de sus mejores cazadores, sin embargo, al llegar el tercer día el rastro se vio nuevamente ensuciado, al cuarto día ya era difícil poder dilucidar hacia donde seguía —concluyó.

Noctis fijó sus grises ojos en los de ella y la examinó como si quisiera penetrar sus pensamientos para saber si estaba diciendo la verdad, después de un rato de silencio el segundo hermano alzó la voz en representación del mermado concilio.

—Aquellas palabras nos dejan sorprendido, vampiresa. Es bien conocida tu reputación como una de las mejores rastreadoras y cazadoras que tiene el Delta, como también lo es la reputación de la estirpe guerrera de Randall —le dijo Cristopher.

—Vampiresa, el caso será entregado a tus manos —habló Giovanni—. Esta noche Eric celebrará una fiesta como muestra de tranquilidad. Sin embargo, no podemos dejarlo sin protección. El concejo está de acuerdo en que seas tú la que te hagas cargo de su resguardo. Se te entregará un atuendo adecuado para el evento de esta noche. Mientras tanto descansa, vampiresa, se nota a lo lejos que tu cuerpo y tu mente están cansados —sentenció el más joven de los tres ancianos presente.

—Ya puedes irte, vampiresa —le dijo Noctis, por lo cual no le dejó otra opción que levantarse, hacer una reverencia y salir de la Sala Azul. Salió en dirección hacia el Gran Hall.

Con el mismo paso con el cual había llegado, salió hacia el pasillo que daba hacia los dormitorios. Caminó en silencio, procesando la información y lo extraño del concilio de esa tarde. Entró a su cuarto y antes de poner el grito en el cielo por tener que asistir a una fiesta, por mucho que fuera de guarda espalda, se desplomó en su mullida cama, donde cerró los ojos aun antes de topar la cara con la almohada. Cuando despertarse se alimentaría algo, ahora sólo quería dormir.

Agustín aparcó en el estacionamiento de su mansión a las afueras de la ciudad y se bajó sintiéndose al fin a salvo. Aquella mansión le había pertenecido a su familia humana, y al ser él hijo único fue el único heredero de tal magnificencia. Mientras estuvo en el Delta nunca la reclamó para sí, pero después de abandonar la corporación, decidió adaptar su adorable y elegante casa para servir de centro de operaciones para su disparatado grupo.

La fachada era perfecta, de arquitectura antigua y elegante, nadie se imaginaría que por dentro se resguardaba la mejor tecnología que el dinero pudiese comprar y que Dante pudiese manejar.

Se bajó de su automóvil y entró a su acogedor hogar. Apenas puso un pie dentro del rellano, un inmenso doberman negro se le lanzó al ataque. Antes de que lo derribara para lamerlo de pies a cabeza, su dueño le gritó que se detuviese.

—¡Basta, Mefistófeles! —gritó una voz masculina, desde el interior del salón.

El gran perro se detuvo y sólo se dignó a mover la cola frenéticamente. Agustín no pudo reprimir la carcajada al ver a aquel amenazante animal comportándose como un cachorro.

—Definitivamente Dante eligió muy mal tu nombre, Mefis. De diablo no tienes nada —le contestó, mientras acariciaba sus orejas. El perro se dejó caer de espalda, mostrando su panza para que lo acariciara.

—Esta bestia es una vergüenza —le dijo un gran macho que salía a su encuentro. Sus lentes ópticos de marco de color le daban un aire intelectual. Su desordenado cabello castaño claro indicaba que apenas había dormido y su enorme sonrisa hacía juego con sus risueños ojos café oscuro—. Realmente me equivoqué con su nombre. El verdadero Mefistófeles estaría indignado, menos mal que sólo es un personaje de libro —agregó, haciendo alusión al personaje de Fausto.

Agustín hizo un movimiento con la mano, restándole importancia al asunto, porque la verdad era que se divertía un montón observando al perro y los intentos desesperados de Dante por enseñarles trucos de ataque.

—Pues a mí me cae bien —sentenció, dejando al gran cachorro con la panza al aire—. ¿Qué tienes de nuevo? —le preguntó a su amigo mientras estrechaba su mano en un fugaz saludo.

Dante le indicó a Mefistófeles que se reuniera con ellos, mientras los dos se abrían paso hacia la zona de mando, el hogar de Dante. Un sinfín de aparatos electrónicos adornaban el lugar y una que otra máquina soltaba ciertos pitidos indicando cosas que sólo Dante comprendía.

—Logré derribar las primeras contraseñas, pero falta la última, ¿tienes algo para mí? —le preguntó alzando su mano hacia él, entonces Agustín comprendió.

—¿Cómo lo supiste? —le devolvió la pregunta antes de meter su mano al bolsillo del abrigo y sacar una pequeña tarjeta.

Dante lo miró y le sonrió con aquel gesto que decía sin palabras “yo todo lo sé”.

—Por favor, no me insultes. “Me gustaban más tus botones estilo militar, amor” —se burló de él y entonces comprendió. Le alcanzó la tarjeta y se revisó el interior del abrigo y extrajo un pequeño micrófono, ¿cómo no se había dado cuenta antes?

—Bastardo, te encanta reírte a mi costa. Debería patearte hasta que aprendieras a respetar mi intimidad —le dijo y lanzó el micrófono lejos.

Dante lo miró y se rió.

—Sólo quería saber quién era tu informante, no era mi intención espiar más allá, pero cuando te oí hablar con Edgard no pude evitarlo. Me hubiese gustado verle la cara cuando le dijiste que se tendría que poner esmoquin. Tú sí que sabes hacerlo sufrir.

—Eso es experiencia en tratar con chicos duros —le contestó y se sentó en el sillón adyacente, mientras Dante hacía su trabajo.

Insertó la tarjeta en la CPU y dejó que sus dedos volaran en el teclado, después de un minuto gritó en señal de triunfo. Agustín se levantó y observó lo que Dante había descubierto y se quedó boquiabierto, ante él estaba el retrato hablado del atacante con la descripción detallada de su perfil psicológico.

—¿Se lo hago llegar a Setti? —le preguntó y él negó con la cabeza.

—No, aún no. Necesito otro trabajo de ti —le contestó.

—Mande…

Dante no acabó cuando se sintió un gruñido desde la puerta. Mefistófeles se había lanzado contra un inesperado visitante.

—Pandales, quita a tu perro de encima mío —se oyó que un hombre llamaba.

Agustín y Dante se miraron para luego romper en una estruendosa carcajada, por lo cual les llegó una reprimenda de parte del recién llegado.

—Llama a tu perro, Dante, o juro que me desquitaré contigo, y tú, Recart, mantén tu boca cerrada.

Agustín frunció el ceño y le hizo gestos a Dante para que ignorara la amenaza y le indicó para que siguiera con su trabajo.

—Necesito dos invitaciones para la fiesta de esta noche y necesito que te metas al sistema y agregues nuestros nombres en la lista… —no alcanzó a terminar cuando en el umbral apareció el recién llegado con una aura de amenaza alrededor de él.

—Qué chiste ¿no? Burlémonos del idiota de Levi. Juro que odio a tu perro, Dante, realmente es un diablo —vociferó el macho. Agustín enarcó una ceja y se fijó en la pinta que llevaba su amigo. Cualquiera se asustaría si viera a un gran hombre vestido de motorista con cadenas colgando de sus pantalones y sus botas de cuero y hebillas, además aquellos ojos azul hielo no ayudaban en nada para disminuir el impacto de verlo.

—Mefistófeles ni siquiera ataca a sus propias pulgas. Deja de llorar, Pasek —le contestó Dante, mientras volvía a concentrarse en la pantalla y volvía a mover los dedos con rapidez sobre el teclado.

Levi iba a replicar, pero Agustín lo paró sacando algo de su abrigo, a Levi le brillaron sus fríos ojos y puso toda su atención en el objeto.

—Menos mal que llegaste, Pasek, necesito que copies esta bala para hoy en la noche. Podrás, supongo —le dijo, mientras le tendía la bala que le había robado a Nione. Levi era experto en armamento, era el encargado de crear nuevas armas para el grupo, por lo cual sabía que copiar el pequeño invento del Delta no sería problema.

Levi tomó el objeto en sus manos y lo observó y luego dio su visto bueno.

—Ingenioso —contestó y lo puso a contraluz—. No habrá problema, pero tendría que ponerme a trabajar inmediatamente —agregó antes de girarse y fulminar con la mirada al gran perro negro que lo miraba de la misma forma, definitivamente esos dos no se llevaban bien.

Antes de que saliera, Agustín lo detuvo.

—Te necesito esta noche como francotirador, Pasek —le dijo y a Levi le volvieron a brillar los ojos con una satisfacción que no se podía traducir en palabras.

—Bien, luego me cuentas, Recart —le contestó antes de salir.

Dante lo miró y le tendió dos tarjetas impresas.

—Nadie se dará cuenta que son falsas. ¿Qué haré yo? ¿Me quedaré aquí? o ¿tendré que unirme a los alrededores? —le preguntó, mientras se estiraba en el asiento.

—Te necesito a los alrededores. Tengo la leve impresión de que esta noche será movida, así que necesitaré apoyo en los alrededores.

—¿Aquello es intuición o es parte de tu informante? —le preguntó girando su silla y quedando frente a él.

Agustín se estiró en el sillón y suspiró antes de contestar.

—Creí que estabas escuchando mi conversación —le contestó—. Algo de ambas, Dante. Hay algo que no me calza, está claro que el Delta está involucrado en la organización de la fiesta. Tengo la impresión de que es todo un método para atraer al renegado.

—Oh… entonces Eric será la carnada. Juegan sucio, ¿por qué no pueden perseguirlo a la manera tradicional? Han perdido clase —le dijo.

—Ese es otro de los puntos que me preocupa. Nione es una de las mejores rastreadoras y cazadoras que van quedando, después de todo la apadriné yo, y los cazadores de Randall no se quedan atrás, sin embargo, el rastro se les escapó, de la nada se esfumó. Me preocupa, estoy seguro que no nos estamos enfrentando a un vampiro normal, y estoy seguro que el concejo lo sabe, por eso toda este montaje —concluyó, mientras hacía ademán de levantarse.

Dante lo siguió con la mirada y suspiró en señal de entendimiento, mientras volvía su vista nuevamente a la pantalla del PC.

—Bien… en este tiempo he aprendido a no ser caso omiso a tus intuiciones y a tus razonamientos. Me prepararé para esta noche, disfrutaré de sobremanera ver a Edgar vestido de fiesta y su rostro de pavor frente a lo inevitable —le contestó para volverse a sumergir en sus investigaciones.

Agustín lo observó y asintió con la cabeza.

—Iré a recostarme un rato. Aps, prepara comunicadores, lo necesitaremos —le ordenó antes de perderse en la escalera. Mefistófeles lo siguió de cerca hasta que cerró las puertas de su habitación. Se sentía cansado y preocupado, estaba seguro que esa noche sería larga.

domingo, 2 de agosto de 2009

Libertad: capi 2, 2º parte y final

Me siento pésimo... soy a la única que el foro no le va. así que está claro que es problema de mi pc... quiero llorar.. chicas comentenme aquí y súbanme el ánimo. Última parte del capi dos.



Alexion se sentó deliberadamente en una de las mesas que quedaba cerca de la que ocupaba su cuñada y sus amigas, e impulsado por un complejo enredo de sentimientos se sentó en el asiento que daba justo al frente hacia donde estaba la pequeña amiga de Nicky, Meredith.

Recorrió su rostro hasta fijar sus grises ojos en los extrañamente purpúreos de ella y la observó descaradamente, grabando cada uno de sus delicados y exquisitos rasgos. Poseía una belleza que rayaba en lo celestial. La primera vez que la había visto se había quedado mudo por la sorpresa y la admiración, sin embargo, lo que más lo había impresionado era el inusual color de sus almendrados ojos, eran de un azul que limitaba con tonalidades del púrpura haciéndolos únicos, jamás había visto ni había oído que existiera un color así, de hecho había pensado que se trataban de lentes de contacto, pero al preguntárselo ella le había contestado con pesar que eran herencia materna.

Ella lo fulminó con la mirada, cosa que lo hizo sonreír. Meredith lo entretenía y le agradaba de sobremanera. Aquella vez que la había conocido, se había quedado deslumbrado no sólo por su belleza, sino también por su inteligencia y su extraña madurez. Había disfrutado de su relajada charla cuando la había tenido que ir a dejar a su casa, porque su hermano se había raptado a Nicole, y con pasar se había despedido de ella, comportándose como todo un caballero.

Volvió a sonreír recordando aquella noche. Él había aparcado a los pies de un elegante y caro edificio de Las Condes, barrio exclusivo de Santiago, y había hecho el intento por conseguir al menos la simpatía de ella que se había demostrado desde el principio demasiado distante y cautelosa para su salud mental y para su orgullo masculino; pero con su delirante calma se había despedido con un simple “hasta luego” y se había bajado del ostentoso Lamborghini de Rasmus y había desaparecido al interior del edificio, sin antes darle una última mirada que desvió rápidamente en un intento de ocultar su tímido interés, aquel gesto lo había cautivado hasta el punto de no habérsela podido sacar de la cabeza.

Se pasó la mano por la barbilla y desvió su atención de Mere para fijarla en la para nada interesante Daniela que parloteaba y parloteaba con su agudo tono de voz que después de un tiempo comenzaba a causar estragos en el oído humano. Dios, realmente tenía cero gusto para las mujeres, Dany era extremadamente hermosa, pero sin una pizca de inteligencia y mucho menos de sensibilidad, para ella y sus pares sólo existía su persona y todo lo que pudiera haber aparte de ella no merecía su atención.

—Gordito, creo que pediré la ensalada hipocalórica. Estoy demasiado gorda para arriesgarme con otra cosa —le dijo. Ahí iba de nuevo: decir que estaba gorda para conseguir un elogio por parte de su acompañante, pero él, al menos, ya se había aburrido de ese juego.

—Tal vez tengas razón —le contestó quedamente, volviendo a centrar su atención en Meredith que picoteaba distraídamente su plato, mientras contestaba con su habitual calma a sus amigas que reían y bromeaban sin parar. Era delicadamente hermosa, con su fino y pálido rostro, sus mejillas sonrosadas, su cabello negro y con corte a la moda, sus rojos y seductores labios, pero, por sobre todo, sus inusuales ojos, ojos hechos para hechizar y cautivar—. Pide lo que quieras. A mí me da igual —agregó, volviendo a fijar su atención en una indignada Daniela.

Ella se giró y guió su mirada en la misma dirección hacia donde él había estado observando y frunció el ceño, disgustada.

—Supongo que estarás mirando a tu linda cuñadita y no a sus amigas, Alex —le soltó girándose para increparlo. Aquello lo molestó, ya era malo tener que llevarla a comer, pero una escenita de celo sobre pasaba todos los límites de la tolerancia.

—¿Y si lo hago qué, Daniela? ¿Te lanzaras al suelo y harás un numerito? Por favor, no soy de tu propiedad —le contestó, mientras llamaba al camarero—. ¿Quieres la ensalada? —le preguntó, dando por terminado cualquier intento de pataleta.

Ella bufó y asintió. Alexion la observó y se dio cuenta de que se mordía la lengua para no contestarle. Lo más inteligente que había hecho desde que la había conocido.

Minutos más tarde llegó el mesero con sus pedidos. En el mismo silencio en que se habían sumido comenzaron a comer. Alexion se sentía sumamente fuera de lugar, quería levantarse y dejar literalmente tirada a Daniela y unirse a la alegre mesa de su cuñada.

Suspiró y volvió a centrar su atención en Meredith. Dios, realmente era una hechicera. Observó a Daniela que lo miraba con una ceja alzada y con cara de fastidio y comprendió que debía cortar con ella todo tipo de juego.

—Lo más sano para nosotros dos sería que los jueguitos se acabaran, Dani —le dijo directamente y antes de que ella pudiera replicar algo se adelantó, ignorando la palidez y el disgusto de su demasiado perfecto rostro—. Nuestro noviazgo se acabó hace más de un año, y no me vengas con que quieres seguir siendo mi amiga, no podría funcionar jamás —agregó, mirándola directamente a los ojos.

Vio que ella se giraba bruscamente para observar a una distraída Mere que jugueteaba con el anillo de compromiso de Nicky, haciéndolo girar lentamente y sonriendo con una dulzura que logró que se olvidara momentáneamente de con quién estaba y de qué estaba hablando, hasta que Daniela lo devolvió a al realidad con un fuerte golpe en la mesa, causando que todos los presente se giraran para observarlos.

—Es inconcebible, Alexion. Me traes a almorzar al mismo lugar en que traes a la perra esa —gritó, levantándose y apuntando a la mesa en donde se encontraba su cuñada y sus dos amigas que se quedaron heladas ante la explosión de la malcriada mujer que tenía adelante—. Y más encima te atreves a cortar conmigo mientras no le quitas ojos de encima a tu nuevo juguete, eres lo peor, Alexion Ruston. Jamás debí haberme enamorado de ti —agregó comenzando a sollozar y dejándolo a él momentáneamente perplejo. ¿De qué iba todo eso? Al parecer la había subestimado de sobremanera.

—Espera, ¿estás segura de que estamos en la misma sintonía? Además ese vocabulario, Daniela. A tu madre le daría un infarto —le contestó tratando de desviar el centro de atención, porque después de que Daniela soltara la sarta de barbaridades, el resto de los clientes se había girado para observar a una atónita y para nada contenta Meredith—. Quieres bajar la voz y dejar de apuntar a mi cuñada y a sus amigas que no tienen vela en este entierro —agregó, logrando su objetivo: el centro de atención lo pasó a ocupar una cada vez más furiosa Daniela.

—¿Cómo te atreves? No le has despegado la vista a esa mujer y me dices que me calmes, además de que quieres cortar conmigo —trató de defenderse.

Él suspiró sintiéndose cansado. De pronto sus veinticinco años le pesaron más que nunca. ¿En qué momento había perdido el rumbo? Gustavo tenía razón, debería ser más selectivo.

—Bien. Lo primero es que bajes el tono. Lo segundo es que te sientes y dejes de hacer escándalo —le dijo dejando el tenedor sobre el plato y mirándola a los ojos. Se sentía frustrado y comenzaba a ponerse furioso. Supo que su mirada lo dijo todo, porque Daniela se sentó, pero lejos de callarse continuó con su escenita que no tenía cabida ni mucho menos motivos—. Ya para, Daniela. Esto ya está completamente fuera de lugar. No me obligues a ser desagradable. Así que lo mejor será que te calles o te levantes y me dejes en paz —le espetó con una voz queda, pero llena de amenaza.

Daniela lo miró y lo fulminó con la mirada. Estaba seguro que lo estaba despellejando en su mente. De pronto se levantó abruptamente haciendo un gran estrépito, lo que dejó al restorán en pleno en silencio fijándose en ellos. Lanzó la servilleta con fuerza sobre el plato y tomó su cartera.

—Eres lo último, Alexion Ruston. Y tú —gritó girándose en dirección de Meredith que la miró con su usual fría calma y con una ceja levantada—. No creas que el se fijaría en alguien tan poca cosa como tú —la enfrentó y por un momento Alexion creyó que Mere se levantaría y le plantaría una fuerte cachetada. El malestar se le notaba en la cara, sin embargo, se controló de una forma espectacular y luego le sonrió a la loca de Daniela.

—Lo que digas —le contestó suavemente—. Supongo entonces que no deberías temer en que él estuviera interesado en mí, después de todo soy poca cosa —agregó para ignorarla completamente y volver a la conversación con sus amigas.

Daniela se giró para mirarlo a él con todo el odio del mundo antes de salir con paso digno del local, dejándolo descolocado y sorprendido. ¿Qué había hecho para que reaccionara así e increpara a Meredith de esa forma? ¿Se había perdido de algo?

Observó alrededor y vio que todos o miraban con disimulo. ¿Qué diablos?

—Alex, ¿a dónde te buscas a esos modelitos? —la voz de Nicole viajó a sus oídos. Levantó su mirada y se encontró de lleno con los purpúreos ojos de Meredith.

Se encogió de hombros en señal de toda respuesta. Notó que ellas estaban prontas a irse, de hecho el camarero les estaba entregando la cuenta. Aprovechó aquello para pedir la suya.

—Recuérdame enderezar mi camino y no le digas nada de esto a Rasmus o sino me golpeará por exponerlas a la furia de una mujer herida —contestó quedamente—. Aunque aún me estoy preguntando qué fue lo que dije para que reaccionara así —se sinceró.

Oyó un bufido de molestia y supo sin necesidad de mirarla que provenía de Meredith. El camarero llegó con su cuenta. Le entregó el dinero y se levantó al tiempo que lo hacía Nicole y sus amigas.

—Seguro le dijiste algo. Ustedes los hombres tienen cero sensibilidad —bromeó su cuñada—. Pero hay que reconocer algo. Tiene un temperamento de los mil demonios, y es una desubicada de primera —agregó, abriéndose paso hacia la salida.

Los cuatros se hallaron en la vacía calle. Nicole apoyó una de sus femeninas manos en su hombro y le sonrió.

—Espero que endereces tu camino, Alex. Por el bien de todos nosotros —le dijo sonriéndole como sólo ella sabía hacerlo. De pronto se sintió avergonzado. Suspiró.

—Realmente lo siento —se disculpó sintiéndose responsable.

Nicole se dio cuenta porque se largó a reír.

—Pues yo te perdono, pero Mere se llevó la peor parte —le contestó y lo besó en la mejilla—. Me despido, debo volver al trabajo y ya estoy justa en la hora —agregó, mientras besaba a sus amigas.

La rubia se largó a reír mientras imitaba a su amiga y se despedía.

—Vas a tener que aprender a elegir mejor, Alex —le dijo antes de besar su mejilla—. Espérame Nicky, me voy contigo —agregó mientras tomaba a Mere y la besaba en la cara con efusividad.

En tan solo unos segundos se quedaron solos, mirándose. Ella rompió el hielo.

—Bien, yo también me voy —le dijo y él reaccionó.

No quería que se fuera. Todavía no se disculpaba. Seguro estaba pensando que era un idiota, y a él le aterraba que ella pensara mal de su persona. Sin darse cuenta la tomó del brazo reteniéndola. Ella lo miró sorprendida.

—Lo siento —le dijo—. De verdad no sé qué fue lo que pasó, de todas formas no tenía derecho a tratarte así. De verdad perdóname, no deberías haberte visto envuelta —se sinceró, dándose cuenta lo mucho que esperaba que ella lo disculpara.

Mere lo observó con la calma que la caracterizaba y no se dio cuenta de lo tenso que estaba hasta que ella le sonrió sinceramente. Su cuerpo se relajó y él soltó el aire que había estado reteniendo sin haberse dado cuenta.

—El que nada hace, nada teme. Yo no he hecho nada, así que no me doy por aludida. Así que tranquilo, pero yo que tú buscaría mejor junta —le contestó, soltándose sutilmente de su agarre, provocando que se sintiera vacío.

—Lo tendré en cuenta —le habló comenzando a caminar al lado suyo—. ¿Te llevo? —le preguntó abruptamente, sintiéndose nervioso y ansioso por su respuesta.

Ella se rió, pero lejos de ser el sonido hueco de las mujeres con que solía salir, este fue lleno de una calidez y sencillez que provocó querer que ella sonriera siempre.

—No quiero ser una molestia —le respondió parándose para mirarlo.

Todo a su alrededor se detuvo, existiendo sólo ellos dos. Sin darse cuenta llevó su mano al rostro de ella y acarició su suave mejilla, regodeándose con la sutileza de su blanca piel.

—Tú jamás podrías ser una molestia —le contestó y notó que ella abría los ojos por la sorpresa, para luego desviar su mirada y desprenderse de su toque.

—Puedo ir sola, no te preocupes —murmuró, retomando la marcha, pero con paso más acelerado.

Alexion se adelantó y la paró. Ella se detuvo, pero no lo volvió a mirar a los ojos.

—¿Dije algo mal? —le preguntó levantando su barbilla. Se encontró con sus purpúreos ojos oscurecidos por algo que no logró definir. Aquello le molestó, un sentimiento de posesión se apoderó de él. No quería saber ni sentir de que ella pudiese sentirse herida por algo—. Mere, ¿dije algo que te molestó? —volvió a preguntar. Ella negó con la cabeza—. Entonces no te molestará que te lleve a casa, ¿verdad?

Vio que Meredith volvía a hacer el intento de agachar el rostro, pero él se lo impidió.

—Está bien —murmuró ella y él sintió alivio.

—Dilo más alto y más alegre —le pidió tomando su rostro entre sus dos manos. Ella sonrió tímidamente y sus mejillas se sonrojaron haciéndola ver más encantadora de lo que de por sí era.

—Espero que tengas tu coche cerca, porque no tengo ganas de caminar —le contestó, recuperando su buen humor.

Él le sonrió y acarició su piel antes de soltarla de su agarre.

—Está en el estacionamiento aquí en la esquina. Espero que no sea mucho, su majestad —bromeó, colocándose al lado de ella y dirigiéndose hacia el lugar en que había estacionado su automóvil y sintiéndose de pronto, más feliz que nunca.